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miércoles, 10 de diciembre de 2008

“Al que madruga, Dios lo ayuda” dice el refrán; pero a qué conclusiones se pueden llegar a partir de esta afirmación. “(…) Los refranes son sentencias breves, habitualmente, anónimas (…)”. Cada uno de ellos posee una suerte de valor consensuado o, mejor dicho, popularizado que va trasmitiéndose de generación en generación tal como un legado y se refieren a observaciones devenidas de la experiencia colectiva a lo largo del tiempo y que abordan las temáticas más diversas.
El vocablo Dios remite a un ser supremo que pertenece a las religiones monoteístas. Dios es aquel que todo lo puede y es sinónimo de bondad. Dios encarna una figura divina y universal, piadosa de aquellos necesitados y defensora de las causas nobles. Dios ayuda a todo aquel que así lo merezca y que, como bien se emplea en la jerga religiosa, no haya cometido ningún pecado.
Por otra parte, suele asociarse la acción de madrugar con todo aquel ser humano que se sacrifica para lograr sus objetivos y que como tal es merecedor del éxito.
Hay un tinte un tanto discriminatorio en la idea que expresa dicho refrán. Una buena dosis del buen optimismo capitalista y religioso. ¿Todos aquellos que no son practicantes de alguna de las religiones en las que Dios es protagonista no merecen ser ayudados, ni tampoco merecen triunfar en sus acciones? ¿Todo aquel que haya accionado de modo equivocado no es merecedor del éxito? ¿Qué sucede con aquellos que no aprovechan al máximo sus tiempos ni trabajan duro ni son sacrificados?.
Del lado marginal siempre queda lugar para aquel que no invierte su esfuerzo en cumplir con sus objetivos y termina siendo sentenciado en los tribunales de la justicia divina. Aparentemente no es meritorio tener capacidades innatas ni tampoco lo es haber tenido suerte. Como todo en este mundo, en el cielo también hay lugar sólo para unos pocos.






Nuestra Constitución Nacional establece a lo largo de su Artículo 14 que Todos los habitantes de la Nación gozarán del derecho a publicar sus ideas por la prensa sin censura previa, conforme a las leyes que reglamenten su ejercicio, pero qué nos dice respecto de esto la historia Argentina.
Entre 1930 y 1983 la Argentina ha vivido un largo período marcado fundamentalmente por seis golpes de Estado en simultáneo con pequeños períodos de democracias débiles. Esos golpes fueron llevados a cabo por las Fuerzas Armadas, en varias ocasiones, con apoyo de civiles. Así fue como se impusieron gobiernos de facto interrumpiendo la vida constitucional del país con el mero precepto de “garantizar el orden”.
Secuestros, tortura, tráfico de bebés, exilio, violencia, muerte y corrupción. En esos términos lo definen sus sobrevivientes, aquellos que permanecieron en silencio o fingieron estar de acuerdo con los que gozaban del poder. Lo cierto es que todo aquel que se opusiera al modo de pensar y obrar sostenido en aquella época corría el riesgo de ser fusilado y a posterior figurar en una de las tantas listas de desaparecidos. Rodolfo Walsh era uno de ellos.
Periodista, traductor, comunicador, militante, revolucionario, emblemático y comprometido; así es como lo conocí a Walsh. Escritor de cuentos y novelas, y de obras como Operación Masacre y Quién mató a Rosendo en las cuales revela su espíritu de investigador y su gusto por el género policial.
Walsh fue escritor toda su vida o, mejor dicho, su vida era la escritura. Prueba de ello son la convicción y la valentía con la que se ha desenvuelto en sus últimos días escribiendo la Carta Abierta a la Junta Militar en la cual denuncia las acciones ilícitas que ha llevado a cabo el gobierno en cuestión, realizando una crítica directa respecto del proceso del que estaba participando. Walsh fue y es ejemplo a seguir. Un intelectual que ha sabido hacer empleo de su palabra por una buena causa y que clandestino o no, sentenciado o no, ha sabido defender su postura y ha sabido sobre todo hacerse escuchar.
“(…) Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles (…)”

"Oídos sordos"

Parque Centenario, Ramos mejía, mitad de cuadra, Universidad de Buenos Aires, Facultad de Ciencias Sociales. Jueves, 21:00 horas, planta baja y pasillos. Gente que entra, gente que sale. El camino hacia el aula 4 es casi turismo aventura.
Las paredes empapeladas, el acelere de los que terminan una cursada e ingresan a otra y el acelere de los que no llegan a comprar el apunte asignado antes de que las fotocopiadoras cierren sus puertas. Entrega de folletería, despliegue de idea, despliegue de pancartas.
Alboroto a la entrada del aula. Compañeros que se agrupan en los asientos, silencio, ingresa Santiago. Los primeros, me arriesgo a precisar, quinces minutos de clase suelen ser decisivos. Santiago designa las actividades que haremos durante las posteriores dos horas e incentiva a la interacción grupal, pero siempre hay un agregado de dinamismo capaz de interrumpir de manera tajante la transferencia. Ese agregado que quiebra el libre funcionamiento del feed back de mensajes es lo que comúnmente en cada una de las sedes de la Universidad de Buenos Aires llamamos con el nombre de “agrupaciones políticas”. De modo estadístico podría señalar que cada aproximados veinte minutos máximos de clase, sea teórica o práctica, sea de la asignatura que sea, con el docente que sea, algún miembro representante de alguna de las tantas agrupaciones políticas que forman parte de nuestra Universidad ingresa a cualquiera de las aulas que la conforman en busca de difundir los principios y propuestas que defiende y pretende llevar a cabo la agrupación a la cual pertenece.
Esta secuencia que resulta para algunos insignificante se repite religiosamente mañana, tarde y noche en cada sede; y en ocasiones logra alterar a más de uno. Las reacciones ante este tipo de actos de divulgación suelen ser diversas. Algunos observan en silencio demostrando poco interés por lo que perciben, otros observan con atención e intentan aportar o familiarizarse con lo que escuchan, otros enfurecen y pretenden brindar sus críticas de modo ofensivo, otros prefieren no hablar de lo que desconocen y otro tanto aprovecha para el esparcimiento, el ocio y para atreverse a juzgar a estos militantes de “vagos”. Mientras tanto una única reflexión que neutraliza cada una de estas posturas ronda en mi cabeza desde la primera vez en que pude ser participe de este circo donde todos quieren hablar pero pocos quieren oír. Pareciese que a todos se les olvidan cuáles son sus derechos y los del otro como seres humanos y como sujetos que viven en sociedad, pareciese que en la Facultad de Sociales donde se dicta la carrera de Ciencias de la Comunicación valga la redundancia no pudiera ser posible la comunicación. Pareciese que todos se olvidan que más allá de las diferencias de intereses el objetivo de lucha siempre es compartido. Me pregunto en nombre de qué estudiamos la comunicación si en la práctica diaria y cotidiana no somos capaces de aplicar sus leyes más básicas.
Juzgar, hacer crítica y oponerse de lo que no se está al tanto pareciese una tendencia, un modo facilista de accionar y de encubrir a la negación. La desinformación, la falta de compromiso y la mediatización de la información son algunos de los fenómenos que subrayan este tipo de accionar social que aparece hoy como la filosofía de vida del momento, que viene alimentándose hace ya unos cuantos años, y que les sirve a unos cuántos cómo método de desacreditación. Esto es a lo que algunos llaman “la apatía del ciudadano”.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Ensayo: "La insoportable levedad del nosotros"

“Los otros, en verdad, son tales, pero, para estos otros,
el Otro soy yo.”

(Ryszard Kapuscinski, Cracovia, 2005)


A lo largo de la historia el hombre se ha constituido a si mismo a través de la identificación con un colectivo de pertenencia, el ser parte de un “Nosotros” (sea por afinidad ideológica, religión, raza, sexo, etc.), en contraposición a un “Otro” diferente: Occidente/Oriente, Blancos/Negros, Europa civilizada/colonias salvajes, Capitalismo/Comunismo, etc.
Ese encuentro entre un “Nosotros” y un “Otro” ha sido una experiencia fundamental que se ha repetido a lo largo de la historia numerosas veces. Ante este choque, los grupos contaron con tres alternativas posibles: construir un muro y aislarse, hacer la guerra o entablar el diálogo. Por desgracia sobran los ejemplos de las primeras dos alternativas: desde las puertas de Babilonia y la Gran Muralla China al Muro de Berlín y el apartheid o, si de campos de batalla se trata, basta con mencionar la conquista y colonización de América, África, Asia y Oceanía o las dos mortíferas guerras mundiales que vio pasar el siglo XX.
El tema del “Nosotros” y los “Otros” y la violencia que suele acompañar este encuentro, ha sido estudiado por notables pensadores. Tan sólo en la última centuria podemos mencionar desde los estudios de Malinowski sobre las tribus melanesias en las islas Trobriand, pasando por Edmund Leach, hasta autores que fueron influenciados por la aparición de la sociedad de masas, la expansión de ideologías totalitarias (nazismo, fascismo y estalinismo) y el consecuente desarraigo y terror que estas propagaron, tales como Emmanuel Lévinas y Tzvtan Todorov.
Argentina es un territorio en el que abundan ejemplos de encuentros con el “Otro” que han terminado en baños de sangre y muerte: Primero fue civilización o barbarie, federales o unitarios; después criollos o inmigrantes, peronistas o radicales, fascistas o subversivos, sin olvidar, claro, la lucha de clases marxista: el movimiento obrero contra las patronales. Algunos de estos enfrentamientos perduraron y se transformaron, el interior vs. la capital incluso llegó a dividir a aquellos que viven de un lado y de otro de una avenida entre bonaerenses y porteños.
La historia de dicotomías absolutas se extiende en una infinita lista hasta llegar a la última y doblemente mediatizada (es decir, mediada por los medios): “el campo” o el gobierno, a favor o en contra.
Pareciera ser que no importa por qué causa o empresa, siempre estamos dispuestos a emitir un juicio aún sin tener los argumentos necesarios a mano y, probablemente, a raíz de ello iniciar una discusión o una guerra, o simplemente aislarnos aduciendo que es un tema que no merece nuestra atención porque realmente no vale la pena.
Según Leach, la violencia entre seres de una misma especie (la humana) se explicaría por la ansiedad, la sensación de amenaza que produce la presencia cercana de alguien incierto, de aquel que es diferente a “nosotros” y con quien pensamos que es imposible la comunicación.
Sin embargo, si estos autores estudiaron la conformación de un “Nosotros” a partir del “Otro” durante el surgimiento de las masas, nosotros hoy asistimos a una transición de esta sociedad de masas a una sociedad globalizada, la famosa aldea global, producto de las vertiginosas transformaciones de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC’s) y de los transportes. La revolución tecnológica (o más bien electrónica) y la consecuente transformación de la cultura han dado origen a sociedades cada vez más heterogéneas y fragmentadas, por tanto ¿cómo definir quien es el “Otro” en esta nueva sociedad?
En la actualidad surgen nuevas diferencias que dan origen a más segmentaciones: Los cuadros dirigentes vs. las bases trabajadoras, los ciudadanos comunes vs. los políticos, los estudiantes militantes vs. los estudiantes despolitizados y tribus urbanas enfrentadas entre sí.
Hoy, los colectivos de identificación son cada vez más reducidos, más seculares. Aquello que nos define es cada vez más restringido. Cada vez hay más “Otros” diferentes de un “Nosotros” y sin embargo la violencia no desaparece, se multiplica.
El “Otro”, extraño e incierto, esta cada vez mas próximo, mas cercano. El “Otro”, potencial peligro, se ha transformado en nuestro vecino, en el barrio, en el trabajo o en el estudio.
La disolución de las instituciones propias de la sociedad moderna implica la desaparición del “Nosotros” y la exaltación del individuo. Hoy el “Nosotros” queda relegado a situaciones mínimas y casi todos (o todos) se convierten en un “Otro”.
Podríamos decir, tal como lo afirma Zygmunt Bauman (La modernidad líquida, 2002) que “los sólidos que han sido sometidos a disolución, y que se están derritiendo en este momento, el momento de la modernidad fluida, son los vínculos entre las elecciones individuales y los proyectos y las acciones colectivas.”

Los sólidos que se licuan

Las instituciones propias de la modernidad “están muertas y todavía vivas”, Bauman las llama instituciones zombies, de ellas sólo queda el cascarón. Por dentro están vacías de significado: la democracia, el partido, el sindicato, la clase, la universidad, el vecindario, el club de barrio, incluso la familia.
Los datos que podemos encontrar en la sociedad argentina de los últimos años dan cuenta del deterioro de las mismas:
El club y la murga, aquellos lugares que buscaban ser punto de encuentro entre los vecinos del barrio, que promovía la reunión con objetivos y metas a cumplir y que era indispensable a la hora de conformar la identidad barrial han pasado de moda.
El carnaval (y con él la murga) fue hostigado por las dictaduras militares. Los clubes de Capital Federal, que supieron tener su época de gloria en la década del 40 cuando eran más de 700 y nucleaban a alrededor de 3.000 socios cada uno, hoy apenas sobreviven. Quedan de ellos, escasamente, 300 establecimientos con un promedio de 400 socios cada uno[1].
Los sindicatos, tal cual lo relató Rodolfo Walsh ya en 1968, también fueron en decadencia. Al vandorismo le siguieron décadas de despidos masivos, medidas neoliberales, cierres de fábricas, aumento de la desocupación y una hiperinflación acelerada, además del avance de las tecnologías que requirieron cada vez más del trabajo intelectual especializado. Todos estos factores contribuyeron a terminar de fragmentar y dispersar a la clase trabajadora como tal (a eliminar su conciencia en sí y para sí). En 1954 se estimaba un 48% de la clase trabajadora afiliada a los sindicatos. En marzo de 2008 se calcula una proporción del 37 % al 20% de afiliados (teniendo en cuenta el trabajo en negro) sobre el total de los trabajadores[2].
La crisis económica de 2001 fue acompañada por una crisis de representatividad que puso fin al sistema “bipartido” que caracterizaba la política argentina: el radicalismo se hundió en la deslegitimidad. El peronismo se despedazó en múltiples corrientes. Surgieron banderías de las uniones y alianzas más incomprensibles que dieron origen a facciones que no tenían ni filiación ideológica, ni militancia, ni tradición política.
A nada más que 20 años de haber recuperado la democracia, después de una seguidilla de violentos golpes militares, esta también parece haber pasado de moda:
En las últimas elecciones presidenciales, que tuvieron lugar durante el 2007, el 86%[3] de las notificaciones para ser fiscal de mesa fueron rechazadas, los partidos políticos no contaron con suficientes militantes para fiscalizar y el ausentismo, con el 27% del padrón, se transformó en la segunda fuerza electoral. Este mismo esquema se repitió (a nivel micro) en las urnas de las instituciones como la UBA. En el 2008, en las elecciones a Centro de Estudiantes de la Facultad de Ciencias Sociales, tan solo participaron 5.000 alumnos de los 16.000 que votaron en las elecciones obligatorias del año anterior[4].

La moderna modernidad

Las nuevas tecnologías nos permiten disfrutar de todas las comodidades sin salir de nuestro hogar, privatizan y dejan en extinción a los espacios públicos: se puede ordenar comida con sólo marcar un número en el teléfono, hablar con personas de todas partes del mundo frente a un monitor gracias a Internet. El ordenador también nos permite practicar toda clase de deportes y juegos sin levantarnos de nuestras sillas. Las TIC’s nos mantienen conectados las 24 horas. La televisión por cable y el DVD que se pueden disfrutar en solitario reemplazan al cine (un medio que implica la reunión), y los reality shows que nos dejan elegir a nosotros (los espectadores) desde el sillón de nuestro living, el destino de sus participantes, reemplazan nuestra necesidad de expresarnos en las urnas. Reemplazan los lazos, redes e instituciones sociales y sirven de atenuantes a la situación de ahogo, aislamiento y exclusión.
Hoy pareciera no haber un “Nosotros” definido con quien aliarse, con quien identificarse, y por tanto tampoco existe un “Otro” delimitado contra quien oponerse, pero la violencia física o simbólica sigue presente dentro de la sociedad.
Ante la licuefacción de las instituciones modernas que moldeaban los colectivos de identificación de nuestra sociedad, se diluye el “Nosotros”: el nosotros barrio, el nosotros estudiantado, el nosotros trabajadores, el nosotros ciudadanos, el nosotros argentinos. El “Otro” son todos.
Bauman retoma los conceptos de Foucault sobre dominación y poder y llega a la conclusión de que en la modernidad líquida la desintegración de las redes sociales es el objetivo y el resultado del ejercicio de las nuevas técnicas de dominación que se basan en “el descompromiso y el arte de la huida”. La gente, las elites que manejan el poder del que depende el destino de la sociedad, son volátiles, invisibles, inaccesibles. La precariedad de los vínculos humanos es lo que les permite actuar.
Malinowski, para entender a los trobriandeses convivió con ellos adoptando su cultura y extrañándose de la propia. Todorov y Lévinas padecieron en carne propia el desarraigo de su patria y la adopción de una nueva muy diferente.
Tal vez la solución para librarnos de las nuevas formas de dominación sea empezar por dejar los gritos y las cacerolas y, tal como propusieron estos antropólogos, hablar con el “Otro” cara a cara, apelar a aquello que nos es común a todos. Después de todo, el “Otro” no es más que un espejo en el que “Nosotros” mismos nos reflejamos. Ellos también somos Nosotros.

[1] “Los clubes de barrio apuestan al cambio para poder sobrevivir”, Clarín.com, 11 de noviembre de 2003.
[2] “Poder real y poder simbólico”, Pagina/12, 08 de marzo de 2008.
[3] “Los fugitivos de la Justicia electoral”, Pagina/12, 25 de octubre de 2007.
[4] Datos proporcionados por el CESCO.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Facultad de Ciencias de la Incomunicación


“El terror se basa en la incomunicación”
(Rodolfo Walsh, ANCLA)


Otro año se termina, se nos va otro cuatrimestre. Ante todo final, de todo acontecimiento, hecho, período, ciclo de la vida, todos solemos tener tendencias revisionistas: analizar logros, objetivos cumplidos o no, las metas perseguidas. En fin, ojear el camino recorrido y sacar nuestro “balance”. Yo no voy ser la excepción a esta regla.
Como todos los años, los estudiantes hemos asistido al ritual de volantes y arengas que invaden los pasillos y las aulas ante cada comicio por el Centro de Estudiantes de la facultad de Ciencias Sociales (CECSO) de la Universidad de Bs. As. (UBA). En estas elecciones en particular fui testigo y partícipe de ciertas escenas que han llamado poderosamente mi atención:
Tengo la fortuna de haber hecho muy buenos amigos en el corto lapso de dos años dentro de los pasillos de esta universidad. Muchos se conocen entre sí, otros no. Cada grupo tiene sus particularidades. Uno de ellos, el más grande numéricamente hablando, está sumamente politizado: militantes del Partido Obrero (PO), de Izquierda Socialista, de frentes independientes y no agrupados con tendencias que pasan por toda la franja de izquierda hasta incluso llegar a simpatías kirchneristas.
Aún siendo amigos, fue imposible que los nueve integrantes compartiéramos una cena todos juntos durante el desarrollo de las elecciones. Más allá del cariño, las fricciones no pudieron evitarse
Si un grupo de nueve personas que se conocen y estiman no pueden evitar mantenerse incomunicados debido a la política, ¿cómo pretender que el resto del estudiantado no se encuentre frente a una ilógica situación de incomunicación (a pesar de ser futuros licenciados en esta materia) ante las elecciones y todo lo referente a las agrupaciones políticas?
Tampoco pude dejar de poner atención sobre el enorme rechazo que recibieron los militantes de agrupaciones ante “las pasadas por las aulas” (aquella recorrida por los cursos anunciando primicias, plataformas electorales y un popurrí de novedades). Tal vez se deba que al ajetreo que significa el acto electoral también se le sumaron las tensiones y el retraso en el calendario académico producido por la famosa “toma” de la facultad durante el cuatrimestre aún en curso, en pos del reclamo por el edificio único, y que dividió profundamente al estudiantado.
Pero más allá de mis suposiciones y vivencias personales lo cierto es que los números bastan para observar que hay un grave problema de comunicación (o no-comunicación) entre los “estudiantes comunes” y los “estudiantes-militantes”:
En las últimas elecciones obligatorias, en el año 2007, se estima que participaron entre 16 y 20 mil estudiantes de un padrón de 27 mil[1]. Este año, en las elecciones optativas para el CECSO, tan solo participaron 5.284 alumnos[2].
¿Qué es lo que provoca esta situación? ¿A quién echarle la culpa de que militantes y no militantes no puedan entablar un diálogo? ¿A la pésima retórica de las agrupaciones estudiantiles? ¿A la mala predisposición de los estudiantes no politizados? ¿Al contexto social, político y económico que rodea y modela a nuestras generaciones con una visión negativa de todo aquello referente a la palabra “política”?
En el imaginario popular (aún dentro de los claustros universitarios) parece permanecer la creencia de que existe un abismo infranqueable entre un “ellos” y un “nosotros” dentro de la población estudiantil: militantes vs. estudiantes, alumnos politizados vs. “despolitizados”. No podemos atribuirle una causa única a este discurso que circula en nuestra sociedad desde décadas oscuras recientes y que se cuela en las aulas, un discurso que parece afirmar que la actividad de militar automáticamente es excluyente del trabajo y del estudio, que no es compatible con los roles de trabajador y estudiante. Son múltiples y complejos los factores que intervienen en este conflicto, en esta incomunicación, de los cuales sólo puedo enumerar unos pocos:
En primer, lugar cabe mencionar que estamos haciendo referencia a una generación que se ha criado bajo las marcas que ha dejado en sus padres la última dictadura militar; que forma parte de una sociedad donde la palabra “política” se ha convertido en sinónimo de mala palabra, quedando irremediablemente asociada a la corrupción, la estafa, el descrédito de las instituciones (incluida la UBA) y los representantes del pueblo.
A este panorama se suma el rol de los profesores: sociólogos, abogados, antropólogos, historiadores, semiólogos, en fin, intelectuales dedicados al estudio de las ciencias humanas. Intelectuales en tanto que, según A. Gramsci, cumplen la función de educadores no sólo en la transmisión de conocimientos, sino como constructores de la sociedad. Intelectuales que intervienen directamente en nuestra formación política ante la decisión de abordar tal o cual tema desde tal o cual enfoque, pero de los cuales la gran mayoría permanecen indiferentes o (en los peores casos) ponen obstáculos a los escasos espacios de encuentro entre militantes y no militantes, protestando contra toda manifestación explícita de la política universitaria. Contados son los casos de profesores que instan a sus alumnos a interiorizarse sobre los reglamentos, los reclamos, las agrupaciones, que “en definitiva son quienes van a terminar representándolos y tomando muchas decisiones sobre su vida académica futura” (J. Saborido).
Una cuota importantísima de responsabilidad en la no-comunicación sin duda, debemos atribuírsela a las agrupaciones estudiantiles, muchas de las cuales son manejadas por partidos políticos.
El fraccionamiento cada vez más vertiginoso de las mismas, que conduce a su constante desaparición y multiplicación, cambios de nombres, de orientaciones, de convicciones y acciones no ayuda a esclarecer un panorama por demás complejo para quien comienza su trayecto en la carrera. A pesar de los cambios producidos por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación que abren un sin fin de nuevas posibilidades para el intercambio entre estudiantes y agrupaciones, son escasas o inexistentes aquellas que han abierto estas nuevas vías de comunicación. Por el contrario la mayoría permanece aferrado a las viejas técnicas de cooptación de votos. La mayor parte de las agrupaciones también persiste en esquemáticas consignas, polarizadas, arcaicas, que apuntan más a políticas nacionales y con las cuales la mayoría del estudiantado no se siente identificado (“Ni K, ni campo”, “por un gobierno nacional de los trabajadores”, etc.). Todo esto, sin mencionar el acoso desmedido al que someten a los estudiantes durante una semana al año con el único fin de captar su voto. Es decir, poco y nada parece aplicarse de las teorías y prácticas de la comunicación y las herramientas retóricas y argumentativas que nos brinda la carrera.
Finalmente, queda ver cuál es la responsabilidad de los alumnos “despolitizados”.
Si hay algo que nos ha enseñado la carrera desde el primer día es que todo tiene su dialéctica: decir que la sociedad determina individuos despolitizados sería caer en un absurdo reduccionismo. Los individuos modelan a la sociedad tanto como ella interviene sobre los individuos. Y pareciera ser, que en una sociedad donde la política no tiene valor alguno debido a que las cadavéricas instituciones de la democracia parecen no dar soluciones por sí mismas, los alumnos encuentran una perfecta excusa para evitar intervenir y comprometerse con las responsabilidades y derechos que otorga el ser miembro de una Universidad Pública y Gratuita. O tal vez el problema esté justamente en esta idea, que los alumnos despolitizados no se sienten miembros de la UBA si no simples transeúntes en una carrera (o maratón) para obtener un título prestigioso.
En suma, todos los actores intervinientes en este acto de comunicación no concretado que representa la política estudiantil, tienen su importante cuota de responsabilidad.
Tal vez cuando finalmente estudiantes, agrupaciones y docentes comprendamos realmente que el poder no es un objeto inerte que se cede a un gobierno soberano o a una institución, sino que es una relación de fuerzas que atraviesa a la sociedad y a cada individuo, que se ejerce y expresa en las acciones más cotidianas de la vida, y que ante el poder siempre puede haber resistencia, que siempre existe la posibilidad de cambiar esas relaciones, tal vez entendamos que la política esta ahí, entre nosotros. Existe en cada acción o decisión que tomamos y sólo depende de nosotros lo que hagamos con ella. Tal vez entendamos entonces que para poder cambiar las relaciones de poder basta con que nos comuniquemos.


[1]“El kirchnerismo se impuso en las elecciones de Ciencias Sociales de la UBA”, Clarín.com, miércoles 03 de octubre de 2007.
[2] Datos proporcionados por el CECSO.