Mostrando entradas con la etiqueta N. Galvez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta N. Galvez. Mostrar todas las entradas

lunes, 1 de diciembre de 2008

¿Quién fue Rodolfo Walsh?

Algunos dicen que lo que hacemos de nuestras vidas es consecuencia de la educación que recibimos y de un proceso de aprendizaje durante la infancia y la juventud. Otros expresan que nuestra vida es un camino predefinido por alguna fuerza superior, en el que transitamos sin posibilidad de desviarnos, lo llaman karma y constituye nuestro objetivo a cumplir en este mundo. Pero hay otra mirada, como la de Jean Paul Sartre, que manifiesta que “Lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros”. Rodolfo Walsh es un claro ejemplo de esta visión de la vida.
De ascendencia irlandesa y perteneciente a una familia de clase media, Walsh forjó su educación entre curas y cruces. Se podría decir que era una buena base antiperonista. Y lo fue, por lo menos hasta 1956, año en que comienza la investigación de lo que desembocaría en Operación Masacre. El fusilamiento de civiles por oficiales del ejército en un basural de José León Suarez, fue el punto de partida para que el trabajo de un periodista, guiado por su vocación, se convirtiera en el objetivo de su vida: el de reflejar la realidad oculta por el Poder.
Por ser “fiel al compromiso de dar testimonios en tiempos difíciles”, Rodolfo Walsh, sacrificó su identidad, su familia y su propia vida. A través de su obra, Walsh denuncia las injusticias del sistema y evidencia los mecanismos para su ocultamiento. Pero este intelectual comprometido no se quedó en el simple reclamo, sino que cumplió un rol activo en la lucha por una sociedad más igualitaria. Lo demuestran los proyectos que emprendió en Cuba con Prensa Latina, el semanario de la CGT, sus obras literarias y por qué no cirminalísticas (Operación Masacre, ¿Quién mató a Rosendo? Y el Caso Satanovsky) o en su etapa de militante montonero con ANCLA (Agencia clandestina de noticias) y la carta abierta a la Junta Militar.
Rodolfo Walsh fue un hombre que asimiló una causa y luchó por ella hasta su último suspiro. Personificó el compromiso social de un intelectual que posee las herramientas para analizar la realidad, criticarla y transformarla. A treinta y un años de su desaparición física, su legado sigue inspirando a nuevas generaciones a creer en una sociedad más justa.

Reflexiones II

La historia de la humanidad está plagada de injusticias, dolor, guerra, hambre, explotación, etc. Todas las miserias del hombre compartidas por las sociedades a través del tiempo. Pero hoy en día, en ésta ciudad y a lo largo de este país, la peor miseria es la indiferencia y la discriminación. Es lugar común decir que con los recursos naturales de la Argentina, se podría acabar con la pobreza. Pero además de los beneficios que puede brindar la naturaleza, es necesario el factor humano. Algo que es muy difícil encontrar en nuestros tiempos (no quiere decir que no exista) y que a lo largo de doscientos años de vida del país siempre estuvo en las sombras.
Ninguna de las atrocidades que vemos día a día en cualquier noticiero nos debería sorprender, si tenemos un poco de noción de la historia del país. Desde sus inicios, con la “Revolución” de Mayo, los hombres que lucharon por ideales justos, fueron asesinados o murieron abandonados en la pobreza. Guerra civil entre acaudalados por intereses particulares, sociedades secretas, asesinos a sueldo, destierros, ejecuciones, todos puntos que conforman la línea de la historia de éste país. Pero hay otra línea, una paralela que se quiso borrar, la de los excluidos y exterminados, una línea que no denomina al el término campaña con el de genocidio, ni desierto con Pueblos Originarios. Si tenemos en cuenta todos los hechos históricos que construyeron nuestro país y desde qué lugar están contados, podemos ver que las situaciones que hemos vívido en los últimos tiempos son consecuencia o repetición de acontecimientos pasados. Se produce una suerte de ciclo, un espiral cerrado, en el que la historia dibuja círculos entre los procesos sociales y pasa siempre por las mismas causas, pero alterna los protagonistas. Es más fácil verlo cuando reconocemos que el Estado se construyó desde arriba hacia abajo, en manos de algunos hombres que tenían todo y disponían su voluntad sobre algunos otros que no tenían nada y que venían a darle vida a estas tierras desde el otro lado del océano.
Derrocamientos, atentados, golpes de Estado, nuevos exterminios, luchas armadas, una generación desaparecida. Ese fue el saldo del siglo XX. Estalló el conflicto social y los pobres adquirieron algunas armas para reclamar por sus derechos, pero los viejos dueños del país, recurrieron a las armas del ejército para que todo siga como siempre había sido. Algunos creyeron que con la democracia se acabaría el hambre, pero muchos se quedaron con un sabor amargo.
Al comenzar el siglo XXI, tuvimos una falsa sensación de cambio, protestas masivas en la calle, participación ciudadana, reclamos de un mejor país. Pero todo quedó en eso, meros reclamos. Lo pobres siguieron pobres, los ricos siguieron ricos, la clase media siguió en el medio, más cerca de los pobres anhelando acercarse a los ricos. La era de la tecnología, es inútil frente al hambre.
Hoy la historia sigue siendo la misma, la que cuentan los poderosos y la que escuchan los débiles, los cobardes, los conformistas. ¿Cómo es posible que ningún medio masivo, destaque la cantidad de niños que viven en la calle? ¿Cómo puede ser que podamos dormir tranquilos, mientras hay chicos acostados sobre un cartón en la intemperie? ¿Quién puede tirar comida tranquilo, mientras miles de niños mueren de inanición? Todos vemos a menores en la calle, en el subte, haciendo malabares para sobrevivir y ¿qué posición tomamos? ¿Qué hacemos al respecto? Los ignoramos. Todos los vemos, pero nadie los mira. Nadie se ocupa. Muchos dicen que no es su responsabilidad, otros se escudan en una limosna, cuando sabemos que una moneda no cura el hambre. Otros acusan al Estado, pero éste es el reflejo político y administrativo de nuestras acciones. Es verdad que muchos de esos niños no saben lo que es el futuro, pero los que pudimos crecer dentro de un ambiente sin carencias y con posibilidades de formarnos con educación, podríamos empezar por tomar conciencia de los que pasa a nuestro alrededor y hacernos cargo de nuestro grado de responsabilidad. Las soluciones mágicas no existen, pero sin ganas de transformar la sociedad, la historia ya está escrita. Alguien dijo que no hay libertad sin conciencia crítica, lamentablemente vivimos en un país oprimido.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Despúes de su partida

Después de su partida, Sofía no pudo dormir. Durante bastantes días miraba por la ventana antes de acostarse, desde su estudio, hacia la esquina, abajo; Pero Custardoy no volvió a aparecer por allí. Esta última había sido la peor pelea que habían tenido en años. Aunque antes de la confrontación, ya estaba todo terminado entre ellos. El, con 30 años más que ella, necesitaba asentarse. Dejar de viajar tanto, de mentir, de vivir dos vidas. Ya se sentía un hombre grande, su primera nieta estaba a punto de nacer y quería reencauzar su vida. Ella en la flor de la edad, quería vivir la vida, la suya absorber la de los demás. Por lo menos eso fue lo que le dijo él, en realidad lo que le escribió. Que estaba absorbiendo su vida.
Aquella lluviosa mañana de mayo, Sofía lo sintió levantarse, pero como solía acostumbrar, se hizo la dormida. Pero cuando él cerró la puerta tan sólo 78 segundos después de haberse levantado y sin decir ni una palabra, ella supo que esa no era una mañana cualquiera. Lo confirmó cuando terminó de leer la carta que estaba sobre la mesa. No tuvo tiempo para pensar en la lluvia, ni en el frío, ni en qué dirían los vecinos. Se puso el vestido que había lucido la noche anterior, un vestido negro que él le había regalado, los zapatos que hacían juego y salió corriendo. Cuando llegó a la esquina, vio un taxi y se subió. Las únicas palabras que pronunció en todo el viaje fueron: “a la estación”. Pasando por los arcos de la puerta principal lo vio y sin esperar que el chofer detuviera el vehículo se bajó, dejando sobre el asiento el billete que llevaba en el sobretodo. Lo abordó con insultos y lágrimas en los ojos, en medio del hall central. La gente que pasaba los miraba, pero ella no veía a nadie, el dolor se lo impedía. Estuvieron forcejeando un rato hasta que por fin lo convenció y se metieron en el bar de la estación. Consiguieron un lugar desde el cual, desde una perspectiva complicada, veían una parte del andén número 4. Desde ahí partía el tren que lo llevaría de nuevo a su vida.
El futuro abuelo repitió casi exactamente las palabras que había dejado en esa carta sobre la mesa. La futura mujer, no lo escuchó. Custadoy interrumpió su soliloquio cuando escuchó su celular. Cuando sonó el teléfono, el hombre canoso le preguntó a la chica, con cierta diferencia, si por alguna razón prefería que no contestara. Ella ni siquiera lo miró, tenía sus ojos sobre el tren que estaba a punto de partir. Las últimas palabras que escuchó de su boca fueron: “Era mi mujer, ya soy abuelo. Algún día lo vas a entender. Cuidate. ¿Con esto alcanza para el café no?”

Mantícora

Cuenta la leyenda que en el bosque de Haggard, desde tiempos inmemorables, habita el Mantícora. Una bestia tan abominable como su origen. Se dice que la criatura es fruto de la relación entre un dios y una mortal. Como castigo de los demás dioses, el hijo sería la más horrenda creación sobre la tierra y se alimentaría de humanos, para recordarles el pecado de aquella mujer, que fue devorada por la bestia, quien se bañó en la sangre de su progenitora y tomó para siempre el color escarlata.
El sol asomaba radiante en el cielo el viento hacía danzar a las flores. El Rey Eleas, Señor de Amaranth, se dirigía con su séquito a cazar en el bosque de Haggard. Lo acompañaban sus hijos, el príncipe Lorien, heredero al trono y el príncipe Arold, el hijo menor. Los mienbros de la familia real iban escoltados por los diez mejores hombres de la guardia personal del rey. También llevaban los perros de caza.
Eleas conocía muy bien la leyenda del bosque y su objetivo era apresar al mantícora. Sólo él sabía el verdadero fin de esa travesía Desde hacía meses las relaciones con el reino de Eranía se habían vuelto hostiles. Su idea era atacar ese reino. Capturar a la legendaria bestia sería golpe contra la moral de sus enemigos. Pero el rey subestimó a la leyenda.
Cerca del mediodía, el contingente se había adentrado en el bosque y se disponía a almorzar. La luz solar se filtraba entre los gigantescos árboles, no se oía nada, lo único que escuchaban esos hombres eran sus propias voces. Pero ninguno, excepto Eleas reparó en el extraño silencio del bosque. Él sabía que ese no era un bosque normal. Algo más habitaba en él y el monarca quería tenerlo, exponerlo, humillarlo. Quería sentirse un dios.
Un rugido estrepitoso se escuchó en el bosque y más allá, hasta las montañas de Erania temblaron. En ese instante Lorien se dio cuenta de todo. Entendió por qué su padre llevaba siempre celosamente ese libro con antiguas leyendas. Comprendió su inmersión en el bosque, los mejores soldados del reino, el silencio de su padre, el rugido. Mientras los pensamientos se organizaban en la mente del príncipe, un segundo rugido volvió a sacudir el bosque. Las copas de los árboles se unieron y convirtieron el mediodía en penumbras. La pequeña fogata se convirtió en humo. Un olor nauseabundo, a putrefacción, a muerte, abrazó al olfato de los humanos. Los soldados, los más valientes y honrados de Amaranth implementaron una formación defensiva para proteger al rey y a sus hijos. Pero uno a uno, los diez caballeros, los más bravos de todo el reino, fueron arrastrados a la oscuridad por el bosque. Su legado fueron los gritos de terror y agonía. En menos de un minuto, padre e hijos se encontraron solos. No obstante, Eleas resplandecía de excitación, parecía vivir un sueño. Al mirarlo, Lorien tuvo la sensación de que su padre, experimentaba otra realidad.
Arold gritó. Fue un alarido provocado por un dolor inimaginable. Eleas y Lorien giraron y lo vieron, estaba delante de ellos. Su cabeza y cuerpo simulaban ser de león. De su lomo sobresalían enormes alas de murciélago. Su pelaje era del color de la sangre. Y su cola había sido diseñada como la de un escorpión, más grande, igual de mortífera. Ahora sostenía en el aire el cuerpo de un joven príncipe, moribundo, envenenado por ese aguijón escarlata.
El rey se puso delante de la bestia y a los gritos le ordenó que liberara a su hijo. El rostro golpeó dos veces el suelo, la corona sólo una. De un zarpazo, el mantícora había arrancado la cabeza del rey y cubierto de sangre a Lorien. Éste se quedó inmóvil, inmutable. Sabía que estaba frente a la muerte, pero no perdió el control. Tampoco lamento a su padre, sentía que se lo merecía, por llevar a sus hijos a ese bosque, lleno de oscuridad y terror. Una pequeña ráfaga de viento se interpuso entre la muerte con cabeza de león y el príncipe. Fue sólo un segundo, pero pareció que toda la vida habían estado así, cara a cara, la vista puesta sobre los ojos del otro. Un nuevo grito de su hermano, despertó del transe a Lorien. El dolor que sentía el menor de los príncipes, se colaba en el cuerpo del heredero a través del oído. Debía hacer algo por su Arold, no podía quedarse allí parado esperando llegar al otro mundo. De repente y sin saber por qué, recordó a su madre. Ella siempre le contaba cuentos cuando eran niños. Uno de esos cuentos hablaba de una criatura horrenda que comía hombres y que los cazaba con su aguijón venenoso. La única forma de salvar a alguien picado, era cortarle la cabeza a la bestia. A la vez que recordaba esto, Lorien empuñaba su espada con toda la fuerza que tenía su cuerpo. Su única posibilidad era cortarle la cabeza al mantícora y así, salvar a su hermano, por más que tuviera que entregar su vida.
Un rugido rompió el aire. Una sombra se abalanzó sobre él y lo tumbó al piso. Las patas se posaron en su pecho aplastándolo. Las fauces se abrieron a centímetros de su rostro y pudo sentir el hedor a sangre. Por desesperación levantó su espada con las últimas fuerzas que le quedaban y trató de alcanzar el cuello del mantícora, que con sus dientes detuvo el brazo. A punto de arrancárselo, la criatura cruzó de su pata derecha delante de la otra para sostener mejor a la presa. Fui ahí, que a pesar del dolor infinito, Lorien tomó la daga que llevaba en la cintura y la incrustó en el corazón del mantícora. En ese instante los oídos del príncipe se taparon, todo resto de sonido se había disuelto, igual que la bestia y su hermano y el mismo bosque. Con el brazo casi deshecho y sin energía para levantarse, miró por sobre su pecho y vio campo, mucho campo, rodeado de montañas. Dejó caer su cabeza y cerró los ojos, mientras el sol secaba la sangre en su cara.

Monólogo

Ya no aguanto más. Falta tan poco. Sólo resta una semana. Comparado a los seis años que esperé, es poco. Por fin me voy a reencontrar con Daniel, mi hermano y voy a conocer a mis sobrinos, a mi cuñada. Aunque ya los vi en fotos, no es lo mismo. Voy a poder escucharlos, sentirlos. Seguro que hablan con acento, debe ser muy gracioso escucharlos. Bueno, una semanita más y listo. Mamá no sabe que hacer con tanta ansiedad.
Parece increíble que después de tanto sufrimiento, tanto terror, tanta muerte, nos reunamos de vuelta. Me acuerdo como si fuera ayer cuando Daniel se fue. No le quedó otra. Se fue tan rápido que no se despidió de nadie, además no había que levantar sospechas. Que raro es el mundo, mi hermano tuvo que dejar atrás su vida para no perderla. ¿Y todo por qué? Por reclamar lo que era suyo, por defender sus ideales. Pero bueno, eso ya pasó. Ahora la familia lo espera, como a lo largo de estos años.
Me parece que cada vez está más pelado, apenas lo vea le voy a hacer un chiste. Siempre estuvo orgulloso de su melena. ¿Habrá seguido jugando al fútbol allá? Espero que si, porque los muchachos prepararon todo para un picado el domingo.
Lástima que no se quede. Ahora en democracia por ahí cambian las cosas. Le dije que los primeros tiempos lo podemos ayudar. Yo con el taller estoy más que tranquilo y los viejos tienen unos ahorros que no saben dónde meterlos. Pero el dice que ya no quiere sacarle más plata a la familia, que con la última vez ya fue suficiente. Que salame. Si sabe que volveríamos a dar todo por él. Pero lo de los chicos es verdad, ya están acostumbrados a la vida de allá. Sin embargo, todavía son chicos, podrían adaptarse a la Argentina. Voy a tratar de convencerlo, como cuando se fue. Pensar que si no lo persuadía yo, por ahí hoy estaría desaparecido.

Sueño

El espectro se ha reducido a grises. Sólo el color rojo es distinguido por mi retina, está en frente mío. De repente corro, escapo de ese lugar sin saber por qué o de quién. Lo único que sé es que debo huir porque algo me persigue. Reconozco casas, ventanas, techos, terrazas. Paso a través de todos ellos.
Me encierro en un ascensor. Presiono un botón. Siento como la adrenalina invade mi cuerpo. El ascenso se prolonga por un tiempo que no puedo registrar. Las sensaciones se intensifican, al igual que la distancia recorrida. Cuando estoy perdiendo el aire, comienza la caída, que por suerte es menos frenética que la subida.
Desciendo sobre una calle desierta. Vuelvo a correr, a escapar. Avanzo hacia lo negro. Esta vez veo que el rojo me persigue. Se acerca. Cada vez más cerca. Lo siento en mi espalda. Me sambullo en las penumbras.
El sol, que se asoma por la ventana, calienta mi rostro y me obliga a abrir los ojos.

La escritura es un viaje

La escritura es un viaje. Un viaje hacia nuestro interior. Una travesía por nuestros sentimientos y la propia imaginación. Un paseo por lo más profundo de nuestro ser con destino a la perpetuidad. ¿Acaso escribir no es eso? La impresión en palabras para la eternidad de nuestras ideas, inquietudes, sensaciones, pensamientos, miedos, filosofía, vivencias. Es mostrarle al mundo nuestra esencia.
La escritura es un viaje mágico en el que recorremos cualquier espacio, construimos el universo que sea necesario y lo vivimos al hacerlo vivir. A través de la escritura, somos quien deseemos ser, nos transformamos, experimentamos, conocemos. Gracias a la escritura somos arte. En sí misma abraza a todas las artes. La forma más placentera de escribir es pensar el acto escrito atravesado por las demás ramas artísticas.
La escritura es el viaje de nuestras vidas, es nuestra bitácora, con códigos que sólo nosotros entendemos, que sólo nosotros sabemos de dónde surgen. Sólo aquél que escribe su vida es el único que contempla a quién está destina cada letra escrita. Cada texto es una estación a la que llegamos, dejamos nuestro aporte al mundo y de la que partimos un poco más enriquecidos, más completos. Al escribir, nos miramos y miramos a los demás, nos reconocemos, tomamos posición en el universo y lo declaramos.
Me gusta sentir que cuando escribo, existo.