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miércoles, 10 de diciembre de 2008

“Entremés”
7:00 a.m. y esa insoportable melodía orquestal que provoca sordera y deseos de tomarse otros dulces cinco minutos de holgazanería entre las sábanas. El café casi helado, las tostadas aún atrapadas en la garganta y esa ducha reparadora son la fórmula inmutable de una mañana de rutina en la ciudad.
El caos de tránsito y la aventura de llegar a la oficina a horario suelen ser dos de los obstáculos que inducen en más de uno a esa fiebre violenta de necesidad de ruptura con lo cotidiano.
Hacía mucho tiempo tenía deseos de emprender un viaje y cualquiera fuera el lugar, la idea de pasar un fin de semana alejado de la capital me sonaba a privilegio.
Las 23:00 horas del viernes y las agujas del reloj corrían con una lentitud asombrosa mientras intentaba realizar un recuento de lo que sería infaltable colocar en mi bolso de viaje. Suficiente abrigo para apalear el frío, mi libreta de anotaciones, uno o dos bolígrafos y lo más importante, la novela que días atrás me habían obsequiado y que con ansias planeaba comenzar a leer durante mi estadía. Mi mayor dificultad sería calcular una cierta cantidad de dinero que sería destinada a gastar allí, más un sobrante para utilizar sólo ante un improvisto. Comencé a sumar: nafta de ida, nafta de vuelta, peajes de ida, peajes de vuelta, comidas varias y un poco de entretenimiento daban un total de…; si lo pensaba por más de un minuto me quedaba entre los cuatro muros.
Las 8:00 de la mañana del sábado, Autopista Lugones casi vacía. Diez minutos y un primer peaje fue lo que me llevó aterrizar en Puerto Madero. Allí llené el tanque para continuar rumbo hacia la Ruta 2, camino designado hacia la ciudad de Pinamar.
Pocos minutos después la señal de las radios locales comenzaba a perderse, no restaban más opciones que intentar sintonizar alguna emisora perdida o bien revolver con la esperanza de que en algún recoveco del auto se encontrara aquel cassette de Sandro que habría sido furor en aquellas épocas donde los pasacassettes eran la tecnología del primer mundo. Finalmente el silencio fue la mejor alternativa.

Un nuevo peaje me acercaba a las afueras de la ciudad de Chascomus y a su parador más tradicional, “Atalaya”. Allí decidí detenerme con intenciones de beber algo caliente. Como de costumbre el lugar estaba repleto, ni una mesa disponible. Las pequeñas pausas en los paradores más frecuentados, por el motivo que fueran, resultaban una forma de establecer nuevamente contacto con el conglomerado. Notable contradicción si el propósito del viaje es romper con lo cotidiano y descansar del cemento. Retomé mi camino.
A lo lejos, un cartel de madera rústica señalaba la entrada al lugar. Jóvenes andando en cuatriciclo, camionetas tamaño familiar y algún que otro lugareño arriba de su humilde bicicleta fueron los primeros detalles contemplados. A pesar de todo, la poca circulación de vehículos llamaba un tanto mi atención. Ese mismo viernes se habría iniciado el ciclo de vacaciones de invierno (el cual coincide con una pequeña interrupción en las clases escolares); sin embargo la ciudad se observaba vacía, solitaria. Allí comenzaron mis reflexiones.
¿Será que esta crisis económica continuamente camuflada en la cual vivimos haya podido condicionar la posibilidad de recreación y ocio de los argentinos?, me pregunté. Mi planteo no era del todo novedoso, de hecho el estado actual del país en términos económicos, políticos y sociales suele ser una de las temáticas más recurrentes a la hora de esquivar conversaciones triviales. Daría la sensación que discutir sobre los grandes conflictos de política del momento, a uno le brindaran una suerte de reconocimiento dentro de los grupos de pertenencia en los que solemos insertarnos. La política posiciona, me dije y continúe mi recorrido en búsqueda de algún sitio donde saciar mi apetito.
Decidí estacionarme en uno de los paradores ubicados en los balnearios de la costa. Casi todos ellos se encontraban cerrados a causa de la temporada invernal. Uno de los pocos abiertos era “El viejo lobo”, un restaurant de madera con vista al mar que se destacaba por la calidad en la preparación de mariscos. Me senté en una mesa colocada por afuera donde el calor del sol apaciguaba la brisa y me permitía disfrutar de mi lectura. En cuestión de segundos un mozo del lugar se me acercó y a través de un discurso muy protocolar me dio la bienvenida y me entregó el menú previo realizarme unas sutiles sugerencias respecto de los platos más destacados y más costosos para mi billetera. La propuesta desconcertaba. En los últimos años, Pinamar se ha convertido en una de las ciudades más visitadas de la costa atlántica atrayendo a una determinada porción de la sociedad que se corresponde con la clase media alta o alta preferentemente. Lo cierto es que este

posicionamiento no se ha conseguido de forma inmediata, más bien ha sido producto de una serie de sucesos paulatinos que dieron lugar a que se considerase a este sitio como uno de los de moda del momento y por consiguiente que se lo colocara al mismo nivel que se suele ubicar a las distinguidas costas uruguayas. Así es como el costo de realizar cualquier tipo de actividad sea hospedarse, almorzar, merendar o cenar afuera, comprar algún souvenir de recuerdo o algún artículo de primera necesidad entre tantas otras opciones; sobre tierras pinamarenses conlleva un adicional que se corresponde directamente con la mantención del status social del lugar.
Luego de meditar qué plato de la carta se ajustaba mejor a mi presupuesto, comencé a observar un poco más allá de los límites de mi mesa. A mi derecha una mujer esbelta prendía un cigarrillo y otro y otro, casi con despecho. A mi izquierda el barullo de una pareja que no se daba tregua. Todos eran lugares comunes, puntos de llegada. Todo era contradicción. ¿Será correcto afirmar entonces que es remotamente imposible intentar escapar de los dilemas habituales con los que lidiamos a diario?. Pareciese que trasladamos las tensiones junto con nosotros, como una especie de mochila inherente a uno mismo que se va atestando con el paso del tiempo. Como cuando la costumbre convierte los rumbos en meseta.
De pronto un suceso colocó todo lo demás en un segundo plano. Un niño de diez años de edad aproximadamente, se acerca al lugar. Su porte un tanto peculiar, de inmediato atrajo todas las miradas. Ropa deportiva, zapatillas con resortes y un aroma lo suficientemente nauseabundo formaban parte de su tarjeta de presentación. La clientela estaba conmocionada. En cuestión de segundos el niño dispuesto a ingresar al lugar fue detenido por uno de sus encargados, el cual mediante un discurso de suma prepotencia le pidió que tomara distancia de la entrada del mismo. Haciendo uso de sus escasos modales el niño intentó pedirle algo de comida al hombre, pero no lo consiguió. Las miradas sentenciosas de los comensales demandaban en silencio que se retirara y así fue. En la tierra de la abundancia no había lugar para los carritos de supermercado, la recolección de cartones y la limosna; sólo quedaba espacio para los atuendos de primeras marcas, los “plásticos” y las buenas costumbres.
Una vez terminado mi almuerzo, pedí la cuenta, aboné y me dirigí hacia la playa. El cielo despejado, mucho sol, poco viento. Recorridos en cuatriciclo, cabalgatas, pesca, mediomundos, jóvenes de la mano, otros haciéndose milanesa, chiquitines corriendo, otros investigando en la arena, otros aprendiendo a caminar.

Perros callejeros, mascotas, parejas y amigos disfrutaban del día. Algunos sacándole provecho a las propuestas turísticas, otros humildes le exprimían el jugo a la naturaleza. A diferencia de las temporadas de verano, las playas estaban desérticas. No había que esquivar sombrillas ni pelotitas de tennis. No estaban ni el vendedor de pirulines, ni el heladero ni el de las trenzas hawaianas. Todo era tranquilidad, recreación y meditación. La lírica sinfonía de las olas al romper, se dejaba distinguir a tiempo, exacta.
Pronto el sol comenzó a caer y pensé en dar un pequeño paseo por el centro. Salones de videojuegos, algunas confiterías, locales de ropa, almacenes, supermercados, kioscos, paradores de comida “al paso”, restaurants y salas de cine; todo abierto en pequeñas cantidades. Me detuve por un momento en un almacén en busca de algunos elementos con los que pudiera preparar mi cena. Allí conocí a Pepe. Un lugareño que tenía su almacén allí plantaba desde hacía más de veinte años. Pepe era ya una legenda en esta pequeña ciudad. Comencé pidiéndole algunos artículos hasta que la curiosidad pudo más que la discreción y lo irrumpí a preguntas. “-Y…, ¿Cómo es vivir en este lugar?, le pregunté. Parecía un hombre serio, pero no lo era; de hecho estaba bien dispuesto a brindarme sus respuestas. Es que pocas veces, en invierno, se le presentaban oportunidades de entablar conversación con otro ser humano que no fuera familiar, vecino y/o conocido. “- a Usted cómo le parece que es vivir aquí?. Pinamar es una ciudad como todas las que se mantienen gracias al turismo. Aquí también hay pobreza y crisis -”.
“- ¿Y qué sucede al terminar las altas temporadas? -”.
“- Ocurre que fuera del turismo nosotros trabajamos para nosotros, los que vivimos aquí. Hacemos lo que podemos, lo que está a nuestro alcance -”.
“- ¿Entonces qué diferencias encuentra con la vida en la Capital? -”.
“- Aquí la tranquilidad es única, tenés de todo. Gente que viene a pasar el fin de semana, chicos que tienen su familia aquí y viajan a la capital para continuar sus estudios, parejas de viejos que se mudan aquí; pero a todos los atrae la misma




cosa, la tranquilidad. Esa es la diferencia. Todo lo demás es lo mismo o peor, te diría. La salud, el trabajo, la inseguridad. Todo está mal, pero no se muestra -”.
Me demoré varios segundos en retomar las preguntas y mientras me embolsaba los productos que había comprado, ingresó otra clienta. Sin más, lo saludé amablemente y me escabullí por la puerta. Lo que me contaba Pepé no era nada nuevo, de hecho en unas pocas horas yo había podido sumergirme sin tapujos, conocer y comparar las diferentes caras de este lugar, que sin subestimar al público mediático, estaría siendo vendido como una de las ciudades más “top” a la hora de elegir un destino en dónde vacacionar, pero que en definitiva terminaba siendo no más que una ciudad como cualquier otra, con sus mismos sufrimientos, con sus mismos desafíos y torpezas.
Terminada mi cena y habiendo tomado un buen descanso, decidí salir a averiguar qué esconde la movida pinamarense. Las calles y avenidas centrales estaban desoladas, todo cerrado. Una escasa luminosidad provenía de adentro de las casas y departamentos que amparaban a aquellas familias propias del lugar o bien a aquellos que como yo habrían viajado sólo por el fin de semana.
Después de dar algunas vueltas a lo lejos se dejaba oír el bochinche. “Cream” se llamaba este sitio, siendo la única alternativa de diversión nocturna en toda la ciudad. Una combinación de bar, pub y boliche todo en uno. Sus vidrios empañados eran el crudo reflejo de la cantidad de gente que estaría amontonada allí dentro. El patovica de la entrada repetía sin cesar, “las mujeres gratis”, “los pibes 10 con consumición”. Así ingresé, un poco a los empujones otro poco pidiendo permiso. Sillones de cuerina color blanco, unas pocas mesas ratonas, $8 la lata de cerveza, 12 el Cuba Libre. Varios grupos de chicas coreando “Hoy es noche de sexo…” mientras una manada de varones se las disputaban como carne de res, la clásica luz blanca que encandila al ritmo de la música y el Dj de turno detrás de su pecera pasando los temas más comerciales del momento. Sólo un detalle había de diferente, un 80% de los bailarines eran habitantes del lugar y el otro resto eran fulanos como yo que habrían ido a pasar un buen rato para no desperdiciar la noche de sábado. Todos se conocían entre sí. La enfermera del hospital, el panadero, el canillita, la moza, el hijo y la hija del hijo de…, entre tantos otros. Luego de tomar algunas cervezas y de socializar un poco, me marché. Mi noche había llegado a su fin.


Las 10:00 de la mañana del domingo y con el equipaje cargado en el auto, emprendí mi regreso hacia la capital. Verde paisaje abierto, caminos de tierra, marea alta, marea baja, médanos, muelles, pescadores, aventura, serenidad, calma, naturaleza, gorriones, colibríes, eucaliptos, pinos, pinares, Pinamar.
Sólo era posible sintetizarla de esa forma, sintiéndola en total magnificencia con aquellos atributos que hacían honor a su nombre. Pinamar podía ser una ciudad como tantas otras, pero como tantas otras también almacenaba en su interior aquellas cualidades que tanto la distinguían.
Y allá muy en el fondo una oscura nubasón iba entorpeciendo el destello de ese sol de mediodia que en cuestión de segundos daba comienzo a una precipitosa llovizna de invierno. Las gotas caían y caían, pudiendo acariciar mi nariz el aroma de la tierra recien humedecida. Así con total nostalgia me iba desprendiendo de esta ciudad hasta mi próxima visita. Y de nuevo a recorrer la poco emblemática Ruta 2, y de nuevo a esa adrenalina del viajero que a pesar de conocer hasta la última pincelada de ese alfalto es capaz de transitarlo con igual fervor que en su primera vez.

martes, 25 de noviembre de 2008

”La ciudad y (nos)otros”




Este viaje comienza una noche diferente a todas, una noche en que Buenos Aires y sus alrededores está desierta, es feriado, no queda nadie, la clase media se esfuma por tres días, los porteños invaden las ciudades costeras, el interior, y la metrópolis y sus alrededores queda desierta, o al menos eso parece.
Este viaje comienza una noche diferente a todas, no hay horarios, no hay obligaciones, los relojes no sirven de nada, el celular tampoco (si no queda nadie).
Este viaje comienza para descubrir una Buenos Aires que creo conocer.
Este viaje comienza en una de las zonas más paquetas de la ciudad.

La ciudad “bian” y la otra
Figueroa Alcorta y Jerónimo Salguero: Paseo Alcorta, las mejores marcas, un jean $700, zapatillas para el caniche, el Malba, turistas, acentos de todas partes, de Brasil a Alemania, de China a Estados Unidos, dólares, torres residenciales, espacio público perfectamente planeado y ejecutado, avenida Del Libertador, cuatro por cuatro, Mercedes Benz, Toyota y Alfa Romeo a toda velocidad.
Pero en la parada del 130 soy testigo de una escena que parece fuera de lugar, que no se corresponde con este barrio tan “europeo” (tan primer mundista). Corta el semáforo y un grupo de 4 o 5 chicos (ninguno tiene más de siete u ocho años) se dispone a hacer malabares y otras “gracias”, pasan por delante de los conductores, ninguno baja el vidrio. Vuelve a cambiar el semáforo, los mercedes, las coupe, las cuatro x cuatro arrancan. Los chicos están descalzos. Zapatillas para el caniche. Los chicos meten las narices en una bolsita. Son invisibles, porque si no incomodan, molestan en medio de tanta perfección.

Llega el 130, viajar en colectivo un feriado no es lo mismo que viajar en colectivo. Los coches vienen vacíos, fantasmagóricos, no hay colas interminables, no hay apretujones, empujones, gente enlatada y transpirada, impaciente, no hay frenadas bruscas, no hay trafico que nos demore. Un feriado somos pocos los viajeros, cada uno ocupa un asiento bien lejos de los demás, cada uno va absorto en sus pensamientos, nadie parece estar apurado por llegar a ningún lado.
Avenida Del Libertador derecho. Patio Bulrich, un jean $900. Más mercedes, más edificios paquetes. De pronto el paredón del tren. Estamos cerca de la estación de Retiro, estamos cerca del Sheraton, de las torres de corporaciones internacionales. Intuyo (porque el paredón me impide verla) que estamos todavía más cerca de Villa 31. La villa más codiciada por su ubicación, una de las más antiguas y más conocidas del país ¿Conocida? ¿Cómo puedo conocerla si nunca entré, si no puedo verla? La imagino más allá de las tres vías de los ferrocarriles tal y como me la mostraron los medios, pero desde acá o detrás de una pantalla de TV no puedo sentirla, respirarla, o vivirla, no puedo conocerla.
La villa queda atrás. El centro porteño. Gente durmiendo en las recovas, calles angostas, desérticas, abandonadas hasta el martes por la mañana, persianas bajas, los carros de cartoneros son los únicos que no descansan. Corrientes, emblemática, el Luna Park, el Correo Central, acá hago un trasbordo.


Al Sur

Mientras espero al “blanquito” (como se conoce en zona sur al 159) ramal “L” roja recorro la escena, una escena que se repite siempre que hay terminales de colectivos: puestitos callejeros de comida “al paso”, un chori y una coca $2, boleterías, mugre, hileras de colectivos dormitando en espera de la próxima vuelta. Falta la masa de aves desesperada por unas migajas, falta la masa de gente desesperada por abordar las unidades, claro, es de noche y es feriado.
El “blanquito” parte, es el último, esta noche ya no salen más. En la era de la comunicación, después de la hora 0, el conurbano queda incomunicado.
Comienza el viaje hacia el sur, nuestra próxima estación, algún punto en medio del partido de Quilmes.
La Catedral, el Cabildo, la Plaza de Mayo, la Pirámide, la Rosada se aparecen solemnes, majestuosos, ¿postal de Buenos Aires? Hay más, sus muros guardan celosamente miles de historias desde antes de que este Estado tuviera historia, la historia de todos: un 25 de mayo, revoluciones y contrarrevoluciones, los golpes, un bombardeo, un 17 de octubre, una ronda y pañuelos blancos, marchas y contra marchas, cacerolas, un diciembre de 2001, represión y festejo, alegrías y desgracias ¿Qué más?
El blanquito pasa por La Boca, hace poco estuve por acá. La excusa fue ver una muestra de arte, lo que vi lo definí como un pequeño cambalache del siglo XXI: La Bombonera, los conventillos, el puente nuevo y el viejo, Discépolo, Perón, Evita y Maradona, inmigrantes y extranjeros, pasta, asado y pochoclo, un lugar donde todo se mezcla y se aturden los sentidos. Otra vez el hedor inconfundible del Riachuelo.
Cruzamos el nuevo puente Nicolás Avellaneda, cruzamos. Si Palermo llama la atención por la exuberancia de sus edificios y canteros, por cada vereda cuidadosamente diseñada, Dock Sud sorprende por la carencia, el desorden, la improvisación, calles de tierra (el asfalto es un lujo que solo unas pocas cuadras poseen), casas de chapa, madera y basura. Crucé. Me siento extranjera ¿Soy extranjera en tierras bonaerenses? Al menos mi cara, al oír las referencias de un “lugareño” sobre la parada donde tengo que bajar, debe decir que vengo como “turista”: “cuando agarra La plata, después del descampado es la primera”.
Este es el disparador para una de esas fugaces charlas de colectivo: “que el transporte público es un desastre, que no puede ser que después de las 12 no se encuentre un colectivo, pero que es comprensible con la inseguridad esta muy difícil, hay zonas liberadas, de día es tranquilo, pero de noche hay que tener cuidado por donde se anda, que no anda casi nadie por la calle”.

Quilmes es partido de río (contaminado, igual que todos), cuyo nombre posee múltiples y contradictorios significados: lo hereda de un aguerrido pueblo originario, masacrado por la conquista española. Se lo presta a una cervecería que por más de un siglo representaría la cerveza argentina, hoy brasilera.
Casas humildes, se intercalan con otras aún más humildes y con esqueletos de fábricas que murieron hace más de una década. Un barrio obrero separado de otro por amplios pastizales, interrumpidos a veces por algunos asentamientos.
Finalmente pasamos el descampado de avenida La Plata, mi ocasional compañero de viaje me avisa que es la próxima, nos despedimos.
La Plata y calle 330 bis, llego a mi primer destino en este viaje, la casa de mis parientes quilmeños.
Durante la cena familiar que consistirá nada más ni nada menos que en pizzas amasadas en casa (nada de pre-pizza, nada de delivery’s) surgirán infinidad de temas de conversación (eso sí, con la tele de fondo, igual que en casa) que me darán una idea de lo distinto que es la vida en provincia: Que hace un rato vino La Chola y trajo higos, dice que la higuera está como loca dando frutos; que Tito, el de la vuelta, se pasó con el asado que se mandó hoy en el club; que mañana se termina el torneo barrial de fútbol que se juega en el potrero, etc.
A la mañana siguiente, la luz del día me permitirá encontrar aún más diferencias: veredas anchas, anchísimas, pobladas de chicos que juegan sin preocupación alguna, más que meter un pie en la zanja, el verde crece salvaje por todas partes, todos se saludan, se conocen, me llama la atención, pienso que por casa gracias que saludamos al del departamento de enfrente.
En cierta conversación con algún otro quilmeño saldrá el inevitable comentario de que la mayoría de los porteños somos creídos.
Después de la tradicional mateada matutina, tengo que despedirme, todavía me falta explorar “el norte” y ya faltan pocas horas para que la vida vuelva a su rutina habitual.

Vámonos pa’l norte

Ahora cruzo la capital en sentido inverso, voy hacia zona norte. Paso por Colegiales, Belgrano, la barranca donde terminan los colectivos imita la imagen del Correo.
El 15 cruza General Paz, en seguida agarra Ruta Nacional Nº 9, ambiciosa obra de ingeniería que pretende unir toda América a través de una única autovía, más conocida como La Panamericana. Atravieso las localidades más ricas del conurbano, Martínez, Vicente López, San Isidro y Tigre, siempre Panamericana derecho.
El mito del norte rico y el sur pobre se repite. ¿Existe un norte rico?, ¿o es un norte de contrastes mucho más marcados?
Center Norte y Unicenter, otra vez los mega shopping, las grandes marcas. Torres de oficinas, empresas multinacionales, caballerizas de purasangres. Olor a basura quemada.
A determinada altura del camino el paisaje se volverá más campestre, zonas cada vez menos pobladas, cada vez más extensiones de pastos interrumpidas, igual que en el sur, por asentamientos, la diferencia es que aquí se intercalan con quintas, con barrios privados o countries. La Cava y San Isidro Club. Campos de Golf, canchas de tenis y mortalidad infantil.
Después de muchos countries y muchas villas llegamos al cruce con Ruta 202, esta es la última parada. Bajo del 15, bajo de Panamericana. Podría estar en Quilmes, podría estar en el Correo, pero estoy en Don Torcuato. Es la misma escena otra vez: muchos colectivos vacíos, puestitos de comida, pobreza. Apenas unas cuadras me separan de un barrio de quintas, de casas con piscinas, de garitas de vigilancia en cada esquina. Cuatro por cuatro y “pibes chorros”.
Es en una de estas casas donde nos esperan amigos y familia para disfrutar de un asado de feriado. Las conversaciones del almuerzo también tendrán un amplio repertorio, pero bastante diferente al de la cena en Quilmes: que la política y la inflación, que cómo salió el Hindú Club (el equipo de rugby local), los próximos eventos del barrio, la inseguridad en aumento constante, la movida de la noche por la zona.
El verde acá también crece por todas partes pero en prolijos jardines, los chicos también juegan tranquilos en las veredas, pero altos muros dividen su realidad de la de muchos otros chicos. En zona norte la vida es más tranquila, más pausada, más silenciosa que en capital, igual que en zona sur, pero tienen sabores diferentes. El norte es rico y es pobre, las brechas sociales son enormes.

Fin de la pausa, fin del viaje
Otro fin de semana largo más se va y otra vez se repite la conocida escena de los embotellamientos eternos de aquellos que vuelven de las mini vacaciones, de los viajes relámpagos, de las escapaditas ¿Me pregunto de qué escapan? Inevitablemente, cada vez que disponemos de tres días libres en el almanaque, cientos, o miles de hombres y mujeres que habitan en esta megalópolis que es Buenos Aires y el cordón urbano que la rodea de extremo a extremo, arman los bolsos y se fugan, desesperados hacia la costa, las montañas, la nieve. ¿Le huyen a las presiones, a las responsabilidades? ¿Escapan tal vez del cemento, las interminables torres, el humo, el ruido, los bancos, los horarios, el ritmo siempre acelerado de la vida urbana? ¿O buscan alejarse de la rutina, lo cotidiano, lo de siempre, lo que ya conocen? ¿Conocemos Buenos Aires quienes habitamos en ella?
Nací y me crié en esta (tantas veces llamada) “jungla de cemento”, en veintidós años pocas veces tuve la oportunidad de ir mucho más allá de General Paz, aquella ancha avenida que delimita capital del conurbano. Buenos Aires y sus alrededores no pueden serme desconocidos y sin embargo hoy me sentí ajena a esta ciudad.
Mientras vuelvo a casa (otra vez arriba del 15) se me cruzan muchas preguntas:
¿Hoy hay zonas ricas y zonas pobres perfectamente delimitadas o las fronteras de una y otra desaparecen, se funden? ¿Me sentí más segura en la estación del Correo Central en el corazón de la city porteña que en una bajada de Panamericana o en la Estación de Quilmes? ¿Podemos pasar todos los días frente a la pobreza extrema y la riqueza desmedida, mezclado todo en un mismo “cambalache”: el hambre y la ostentación en una cuadra, y no notarlo?
Recorrí tres mundos, cada uno con sus particularidades, cada uno con sus lugares comunes, que me recuerdan que los tres son parte de una misma Gran Ciudad. Tres mundos que crisis tras crisis fueron abatidos por la pobreza, por la desconfianza y por el miedo que atraviesan de norte a sur la provincia (o el país entero). Las diferencias socioeconómicas resaltan más en algunos lugares que en otros, pero traspasan a toda la sociedad, borrando distritos, localismos, límites políticos, sociales, artificiales o no.
Recordé la primera experiencia en La Boca, hasta entonces un mundo que creía desconocido, y entendí que La Boca no es un mundo aparte, la Boca es todo Buenos Aires condensada en unas pocas cuadras. El territorio bonaerense y la ciudad autónoma, son tierras de colores brillantes y de grises; de puerto y de industria olvidada; de aromas superpuestos; de tango y de cumbia villera; de sonidos y de silencios; de delta y de microcentro; de mito y de verdad; de política y de futbol; de arrabal y de bulevares; de moda y de arte; de lujo y de miseria; de consumo y de carencia; de río y de riacho; de sabores de acá y de allá; de cemento y de barro; de hormigón y de chapa.
Hoy convertí lo familiar en exótico, miré las rutinas, lo cotidiano de la costa rioplatense, con otros ojos, con ojos de extraña y encontré a la Buenos Aires europea y a la Buenos Aires latina, el emporio de lo importado y la capital del cirujeo, todo junto.
En esta pausa del calendario, en este viaje a través de un viejo y conocido lugar, aproveche para ver con otros ojos mi ciudad y sus suburbios, para encontrar algo nuevo en lo de siempre.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Un Cambalache de sensaciones


Diez y media de la mañana del sábado 4 de mayo de 2008, comienza un nuevo viaje.
Apenas serán poco más de 13 kilómetros la distancia que recorreremos pero será un viaje mucho más largo, hacia un pequeño sub-mundo hasta ahora desconocido para mí.
Con las chicas quedamos que yo subiría al 64 en el que ellas venían desde Estación Belgrano cuando este pasara por Pacifico. Sincronización perfecta. Así nos encontramos ya en viaje hacia el sur de la capital.
A las 12 en punto del mediodía desembarcamos en La Boca.
Nos recibió el viejo puente trasbordador Nicolás Avellaneda que conecta el barrio porteño con la “Isla Maciel”, parte de Dock Sud en Avellaneda. No puedo dejar de tener una sensación contradictoria al verlo: Hace casi un siglo fue sinónimo de progreso, de industria. Hoy es tan solo una vieja estructura metálica abandonada que remite a la pobreza y la marginalidad, eternamente asociados a la “isla”. Este tal vez sea un anticipo de aquello que me contará el barrio.
¿Como definirlo? La Boca no entra en clasificaciones, no hay categorías para encasillarlo. Tan solo en dos calles los cinco sentidos se abruman.
Entre Caminito y Magallanes escuchamos tango, tango electrónico, rock nacional, música clásica y batucada; acentos mexicanos, venezolanos, paraguayos, idiomas de oriente, ingles, italiano y francés; aplausos, invitaciones a probar todo tipo de manjares: picadas del campo pampeano, asado bien criollo, milanesas a caballo, pizza, pocohoclo y manzana acaramelada. Sentimos sus aromas mezclados con sahumerios, esencias y el Riachuelo, irremediablemente putrefacto.
Los colores inundan la vista: los viejos conventillos resaltan en amarillos y azules chillones, en rojos y verdes intensos. Madera, chapas y adoquines atravesados por antiguas vías de tranvías nos transportan a otra época.
Dobles y estatuas de Maradona se intercalan con otras de Perón y Evita.
Entre museos, ferias y shows llegamos a Magallanes 890.

El Conventillo Verde
Este es una vieja casucha, al igual que todas las demás, construida con chapas y maderas en 1863, cuyo nombre delata el color de la fachada. Tal vez en aquel entonces fue el hogar de varias familias inmigrantes, hoy alberga las obras de muchos jóvenes artistas. Autodidactas la mayoría, de pocos recursos y mucho ingenio, logran exhibir sus obras en este espacio que fue acondicionado para tal fin en el año 2001.
El interior se divide en tres ambientes ocupados cada uno por artistas diferentes, de los más variados estilos.
La decoración, más sencilla imposible: Paredes y techos blancos, ventanitas con cortinas del mismo color. Los pisos, un entablonado de madera que parece va a desplomarse bajo nuestro peso en cualquier momento. Predomina el reciclado y la artesanía: Un par de mesitas cuyas bases son soportes de antiguas maquinas de cocer, sillas de lo mas dispares, re tapizadas, re esmaltadas, dos arcaicos bafles que emanan música renacentista (según anuncia el locutor) y un trípode convertido en mesita para colocar el libro de visitas, un espejo viejo y un mostrador, un calefactor desvencijado y dos plantas conforman todo el mobiliario. Se ven distribuidos recipientes con agua por todo la casa, de diferentes formas y tamaños, la anfitriona nos cuenta que es para armonizar, “el agua, igual que el cuerpo humano, es el elemento más absorbente” argumenta.
Comenzamos por recorrer la muestra de Celia Güichal, Licenciada en comunicación y profesora de taller de expresión en la UBA y en la UNQUI, además de escritora y artista. El titulo de la muestra, “Paisaje interno, Paisaje externo” no podía ser más propio para representarla. Entre la veintena de cuadros expuestos podía sentirse la presencia del norte argentino, una realidad, conflictos externos, pero a la vez todas eran imágenes oníricas que podían narrar muchos de los pensamientos y deseos de la autora.
Dos obras que captaron mi atención podría ubicárselas como parte de una misma serie:
“Pachamama” (acrílico sobre tela, 40 x 60) y “Matriz” (no se especifica ni técnica ni medidas). En ambas obras la escena es dominada por una semiesfera de azul profundo, oscuro. De su interior, de un hueco en su centro, surge una figura amorfa, de rojos, naranjas y amarillos furiosos, evoca un tejido muscular, un órgano, el órgano de la gestación, la matriz. Ambas obras parecen ser una metáfora perfecta de la fecundidad, la creación de vida, la maternidad, la mujer, la madre tierra. Cada una representa un momento diferente en este proceso de creación de vida: “Pachamama”, es el momento de la fecundación, cientos de cabezas blancas con colas se dirigen hacia ese hueco en el centro de la madre tierra, hacia esa matriz. En “Matriz”, de esa figura roja, amorfa, alusiva a un útero, pende un punto que irradia brillo, un cigoto, una nueva célula, una nueva vida.
En la muestra hay un tercer cuadro referente al mismo tema, compuesto en la misma gama de colores se distingue en el una figura femenina. El mismo se titula “la cuida vida”.
Continuamos el recorrido por la muestra de otros artistas, algunos pintaban motivos característicos de la boca: el tango, el puerto, los buques, los conventillos. Otros se abocaban a la representación de la figura humana de forma abstracta, jugando con diferentes materiales, texturas y tonos brillantes.
Antes de abandonar la exposición me tope con una obra que me resulto interesante por lo transgresora. Si bien se ha vuelto una moda de varios best-sellers de la narración, hablar sobre la feminidad en la religión católica, era la primera vez que tropezaba con una creación visual que hablaba de un elemento central del Cristianismo en versión femenina. La obra, de Pablo Distefano (autodidacta), consistía en un sin fin de piecitas metálicas recicladas (tornillos, resortes, tuercas) aglutinadas y esmaltadas en marrón que daban forma a un Crucifijo. Pero lo peculiar de este crucifijo era que el Cristo en él representado poseía una cintura y caderas bien marcadas, y en el medio de su pecho se distinguían, perfectamente formados, un par de senos.
Sin lugar a dudas uno no puede irse del Conventillo Verde sin haber experimentado las más variadas emociones transmitidas por este arte tan diferente de aquel que acostumbramos a ver en los grandes y lujosos museos.

A la Vuelta
Salimos de la muestra y decidimos que la Boca tenía aún más para cotarnos, recorrimos sus calles, sus ferias, entramos a tiendas, probamos las delicias que ofrecían los bodegones, escuchamos y pedimos tangos nostálgicos, el ultimo fue “Cambalache”.
Tal vez esta sea la palabra más apropiada para describir a este barrio lleno de historia. Alguna vez barrio humilde, barrio de puerto y de inmigrantes desarraigados que buscaban echar raíces, de gente que corría por las calles atareada. Hoy barrio de recuerdos, que sigue lleno de extranjeros que también corren, pero esta vez para poder conocer un país nuevo en dos semanas de vacaciones.
Ya empieza a caer la tarde, el frió se empieza a sentir y emprendemos el regreso a casa. El puente ahora nos despide. Sigue ahí, sus hierros oxidados guardan más de nueve décadas de historia, que no duda en compartir con aquellos que quieran oírla, verla, degustarla, respirarla y sentirla.
En la Boca todo se mezcla, todo aparece indiferenciado: lo nuevo, lo viejo y lo reciclado, lo caro y lo barato, lo elegante y lo sucio, el arte y la frialdad, lo trágico y lo cómico, lo típico y lo exótico.
“Igual que en la vidriera irrespetuosade los cambalachesse ha mezclao la vida,y herida por un sable sin remachesves llorar la Bibliacontra un calefón”

Una película, un Festival y un Paro



El reloj marcaba las 15:35 y mientras el colectivo avanzaba por Avenida Corrientes las últimas cuadras que me separaban del Centro Cultural Ricardo Rojas a paso de hombre, yo pensaba en que llegaba tarde a la función gratuita que ofrecía el Bafici en dicho centro.
Algo que me llamaba poderosamente la atención era la gran publicidad que había tenido este año en los medios el Festival de Cine Independiente que ofrece la Ciudad de Buenos Aires desde hace ya 10 años. Pero esta edición especialmente se había hecho notar: afiches empapelando la ciudad, espacios publicitarios en programas de horario central en la televisión abierta, noticieros, los grandes diarios. Todos habían hablado del BAFICI, la incorporación de nuevas sedes al circuito, las películas, los directores, todo el BAFICI estaba en la agenda mediática.
Este miércoles 16, en el Rojas, estaba programada la exhibición de “Garras de Oro”, apenas una restauración de una película colombiana de 1926, que hace una fuerte crítica a la actuación de Estados Unidos sobre la separación de Panamá del territorio Colombiano.Increíblemente, al menos unos 50 minutos de cinta sobrevivieron a la censura y a todo el violento siglo XX.
Grande fue mi sorpresa al llegar a la puerta y encontrarme con varios carteles que anunciaban que ese día (y el siguiente) no se exhibirían películas, debido a que el personal del Centro se encontraba de paro. La sorpresa no fue solo mía ya que un grupo de más de 20 personas de variadas edades observaban los anuncios tan asombrados como yo y golpeaban la puerta en busca de explicaciones.
Muy pronto tuvo que asomarse uno de los empleados, un muchacho de unos veinte y tantos años, morocho y de barba, a explicar que el centro permanecería cerrado debido a la medida de fuerza que se veían obligados a tomar.
Logré escabullirme entre la gente y llegar junto al muchacho, le explico por qué estoy ahí, que si puedo entrevistar a alguien. Que espere un momento. La puerta se cierra.
“¿Pero, es paro docente?”, pregunta una señora, “No, no-docente”, por atrás se escucha la voz de un hombre mayor que indaga: “¿Pero si es docente, las películas qué tienen que ver?”. “No hay quien las proyecte, es personal no-docente el que para”. “Y las clases de Jazz, ¿por qué no podemos entrar?” Nadie entiende nada y en la entrada continúa la confusión.
La puerta se vuelve a abrir. Que pase, que alguien va a bajar a hablar, que ya vino otro de mis compañeros por lo mismo. Que espere otra vez.
Entro en un salón no muy amplio, despojado, donde hay una barra de bar, mesitas para sentarse, una escalera de metal que no inspira confianza lleva a un entrepiso donde hay más mesitas, un mostrador de recepción, el ascensor que dice que solo se pueden subir tres personas, un pasillo que no sé adonde va y más carteles que anuncian la paralización de las actividades, denuncian trabajo en negro, increpan al rector de la UBA.
Detrás de la barra hay tres empleados jóvenes charlando, en el mostrador un hombre y una mujer de edades más avanzadas. Intento formular algunas preguntas a alguno de ellos. Se niegan, ninguno va a hablar hasta que no baje el delegado.
Finalmente aparece por detrás del vano que sigue al ascensor. Es un hombre de estatura mediana, corpulento, moreno, pelo corto, usa lentes y viste ropa oscura y en toda la entrevista nunca sacará sus manos de los bolsillos. Se presenta como “Chelo (no me dice su nombre), delegado de la comisión gremial”.
Lo pongo al tanto de los motivos que me habían acercado hasta allí y que la noticia del paro me resulta muy interesante para realizar mi trabajo y él acepta informarme acerca de la situación.
Según “Chelo”, en el Centro Cultural se encuentran trabajando nueve compañeros en negro, que entraron como “contratados” y cuya incorporación a planta permanente se viene postergando por casi un año, además se les debe el sueldo de Marzo y Abril. Ante esta situación y luego de reiteradas asambleas y negociaciones entre APUBA y el Rectorado de la UBA, comenzaron las medidas de fuerza. El primer paro convocado este año fue realizado el viernes pasado y al continuar sin respuestas favorables se retomaron este miércoles 16 y jueves 17, los cuales coinciden con las fechas previstas para la exhibición de películas del BAFICI.
El delegado, de expresión inmutable, también me aclara que este es un paro avalado por el Ministerio de Trabajo porque es un reclamo justo, dice que quienes asisten al centro los han acusado de tomar el edificio “y hasta tuvo que venir un patrullero”.
“Chelo” insiste en que “esto no es contra el Festival, lamentablemente el reclamo se le superpone, pero tal vez así tenga otra repercusión”. Advierte además sobre la posibilidad de un paro indeterminado a partir del lunes próximo si continúan sin solución positiva a sus demandas.
La conversación, a esta altura, se desvía y pasa por la situación de la UBA, el presupuesto, los docentes “ad honorem”, los aranceles que convierten al Rojas en un centro semi-público o semi-privado, según desde qué ángulo se lo mire.
Se hace tarde y tengo que partir, agradezco la charla y me voy con la extraña sensación de que no vi la película política que viene a ver, pero terminé participando de una película política más cotidiana y más cercana a mí, tan cercana que ya casi estoy acostumbrada. Paros docentes, no docentes, de alumnos, de padres, activos pasivos, con clase a la calle o en el aula vivimos todos los días en la Universidad Pública, ¿fue el paro a puertas cerradas mi sorpresa realmente?
Afuera continúa la gente alborotada. A pocos metros, el Cine Cosmos (otro emblema de la calle Corrientes), que también es sede del Festival de Cine Independiente, continúa con la programación prevista normalmente, solo se anuncia un cambio de película a las 21:00 hs.