Mostrando entradas con la etiqueta Samy. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Samy. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de diciembre de 2008

Ensayo: "La insoportable levedad del nosotros"

“Los otros, en verdad, son tales, pero, para estos otros,
el Otro soy yo.”

(Ryszard Kapuscinski, Cracovia, 2005)


A lo largo de la historia el hombre se ha constituido a si mismo a través de la identificación con un colectivo de pertenencia, el ser parte de un “Nosotros” (sea por afinidad ideológica, religión, raza, sexo, etc.), en contraposición a un “Otro” diferente: Occidente/Oriente, Blancos/Negros, Europa civilizada/colonias salvajes, Capitalismo/Comunismo, etc.
Ese encuentro entre un “Nosotros” y un “Otro” ha sido una experiencia fundamental que se ha repetido a lo largo de la historia numerosas veces. Ante este choque, los grupos contaron con tres alternativas posibles: construir un muro y aislarse, hacer la guerra o entablar el diálogo. Por desgracia sobran los ejemplos de las primeras dos alternativas: desde las puertas de Babilonia y la Gran Muralla China al Muro de Berlín y el apartheid o, si de campos de batalla se trata, basta con mencionar la conquista y colonización de América, África, Asia y Oceanía o las dos mortíferas guerras mundiales que vio pasar el siglo XX.
El tema del “Nosotros” y los “Otros” y la violencia que suele acompañar este encuentro, ha sido estudiado por notables pensadores. Tan sólo en la última centuria podemos mencionar desde los estudios de Malinowski sobre las tribus melanesias en las islas Trobriand, pasando por Edmund Leach, hasta autores que fueron influenciados por la aparición de la sociedad de masas, la expansión de ideologías totalitarias (nazismo, fascismo y estalinismo) y el consecuente desarraigo y terror que estas propagaron, tales como Emmanuel Lévinas y Tzvtan Todorov.
Argentina es un territorio en el que abundan ejemplos de encuentros con el “Otro” que han terminado en baños de sangre y muerte: Primero fue civilización o barbarie, federales o unitarios; después criollos o inmigrantes, peronistas o radicales, fascistas o subversivos, sin olvidar, claro, la lucha de clases marxista: el movimiento obrero contra las patronales. Algunos de estos enfrentamientos perduraron y se transformaron, el interior vs. la capital incluso llegó a dividir a aquellos que viven de un lado y de otro de una avenida entre bonaerenses y porteños.
La historia de dicotomías absolutas se extiende en una infinita lista hasta llegar a la última y doblemente mediatizada (es decir, mediada por los medios): “el campo” o el gobierno, a favor o en contra.
Pareciera ser que no importa por qué causa o empresa, siempre estamos dispuestos a emitir un juicio aún sin tener los argumentos necesarios a mano y, probablemente, a raíz de ello iniciar una discusión o una guerra, o simplemente aislarnos aduciendo que es un tema que no merece nuestra atención porque realmente no vale la pena.
Según Leach, la violencia entre seres de una misma especie (la humana) se explicaría por la ansiedad, la sensación de amenaza que produce la presencia cercana de alguien incierto, de aquel que es diferente a “nosotros” y con quien pensamos que es imposible la comunicación.
Sin embargo, si estos autores estudiaron la conformación de un “Nosotros” a partir del “Otro” durante el surgimiento de las masas, nosotros hoy asistimos a una transición de esta sociedad de masas a una sociedad globalizada, la famosa aldea global, producto de las vertiginosas transformaciones de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC’s) y de los transportes. La revolución tecnológica (o más bien electrónica) y la consecuente transformación de la cultura han dado origen a sociedades cada vez más heterogéneas y fragmentadas, por tanto ¿cómo definir quien es el “Otro” en esta nueva sociedad?
En la actualidad surgen nuevas diferencias que dan origen a más segmentaciones: Los cuadros dirigentes vs. las bases trabajadoras, los ciudadanos comunes vs. los políticos, los estudiantes militantes vs. los estudiantes despolitizados y tribus urbanas enfrentadas entre sí.
Hoy, los colectivos de identificación son cada vez más reducidos, más seculares. Aquello que nos define es cada vez más restringido. Cada vez hay más “Otros” diferentes de un “Nosotros” y sin embargo la violencia no desaparece, se multiplica.
El “Otro”, extraño e incierto, esta cada vez mas próximo, mas cercano. El “Otro”, potencial peligro, se ha transformado en nuestro vecino, en el barrio, en el trabajo o en el estudio.
La disolución de las instituciones propias de la sociedad moderna implica la desaparición del “Nosotros” y la exaltación del individuo. Hoy el “Nosotros” queda relegado a situaciones mínimas y casi todos (o todos) se convierten en un “Otro”.
Podríamos decir, tal como lo afirma Zygmunt Bauman (La modernidad líquida, 2002) que “los sólidos que han sido sometidos a disolución, y que se están derritiendo en este momento, el momento de la modernidad fluida, son los vínculos entre las elecciones individuales y los proyectos y las acciones colectivas.”

Los sólidos que se licuan

Las instituciones propias de la modernidad “están muertas y todavía vivas”, Bauman las llama instituciones zombies, de ellas sólo queda el cascarón. Por dentro están vacías de significado: la democracia, el partido, el sindicato, la clase, la universidad, el vecindario, el club de barrio, incluso la familia.
Los datos que podemos encontrar en la sociedad argentina de los últimos años dan cuenta del deterioro de las mismas:
El club y la murga, aquellos lugares que buscaban ser punto de encuentro entre los vecinos del barrio, que promovía la reunión con objetivos y metas a cumplir y que era indispensable a la hora de conformar la identidad barrial han pasado de moda.
El carnaval (y con él la murga) fue hostigado por las dictaduras militares. Los clubes de Capital Federal, que supieron tener su época de gloria en la década del 40 cuando eran más de 700 y nucleaban a alrededor de 3.000 socios cada uno, hoy apenas sobreviven. Quedan de ellos, escasamente, 300 establecimientos con un promedio de 400 socios cada uno[1].
Los sindicatos, tal cual lo relató Rodolfo Walsh ya en 1968, también fueron en decadencia. Al vandorismo le siguieron décadas de despidos masivos, medidas neoliberales, cierres de fábricas, aumento de la desocupación y una hiperinflación acelerada, además del avance de las tecnologías que requirieron cada vez más del trabajo intelectual especializado. Todos estos factores contribuyeron a terminar de fragmentar y dispersar a la clase trabajadora como tal (a eliminar su conciencia en sí y para sí). En 1954 se estimaba un 48% de la clase trabajadora afiliada a los sindicatos. En marzo de 2008 se calcula una proporción del 37 % al 20% de afiliados (teniendo en cuenta el trabajo en negro) sobre el total de los trabajadores[2].
La crisis económica de 2001 fue acompañada por una crisis de representatividad que puso fin al sistema “bipartido” que caracterizaba la política argentina: el radicalismo se hundió en la deslegitimidad. El peronismo se despedazó en múltiples corrientes. Surgieron banderías de las uniones y alianzas más incomprensibles que dieron origen a facciones que no tenían ni filiación ideológica, ni militancia, ni tradición política.
A nada más que 20 años de haber recuperado la democracia, después de una seguidilla de violentos golpes militares, esta también parece haber pasado de moda:
En las últimas elecciones presidenciales, que tuvieron lugar durante el 2007, el 86%[3] de las notificaciones para ser fiscal de mesa fueron rechazadas, los partidos políticos no contaron con suficientes militantes para fiscalizar y el ausentismo, con el 27% del padrón, se transformó en la segunda fuerza electoral. Este mismo esquema se repitió (a nivel micro) en las urnas de las instituciones como la UBA. En el 2008, en las elecciones a Centro de Estudiantes de la Facultad de Ciencias Sociales, tan solo participaron 5.000 alumnos de los 16.000 que votaron en las elecciones obligatorias del año anterior[4].

La moderna modernidad

Las nuevas tecnologías nos permiten disfrutar de todas las comodidades sin salir de nuestro hogar, privatizan y dejan en extinción a los espacios públicos: se puede ordenar comida con sólo marcar un número en el teléfono, hablar con personas de todas partes del mundo frente a un monitor gracias a Internet. El ordenador también nos permite practicar toda clase de deportes y juegos sin levantarnos de nuestras sillas. Las TIC’s nos mantienen conectados las 24 horas. La televisión por cable y el DVD que se pueden disfrutar en solitario reemplazan al cine (un medio que implica la reunión), y los reality shows que nos dejan elegir a nosotros (los espectadores) desde el sillón de nuestro living, el destino de sus participantes, reemplazan nuestra necesidad de expresarnos en las urnas. Reemplazan los lazos, redes e instituciones sociales y sirven de atenuantes a la situación de ahogo, aislamiento y exclusión.
Hoy pareciera no haber un “Nosotros” definido con quien aliarse, con quien identificarse, y por tanto tampoco existe un “Otro” delimitado contra quien oponerse, pero la violencia física o simbólica sigue presente dentro de la sociedad.
Ante la licuefacción de las instituciones modernas que moldeaban los colectivos de identificación de nuestra sociedad, se diluye el “Nosotros”: el nosotros barrio, el nosotros estudiantado, el nosotros trabajadores, el nosotros ciudadanos, el nosotros argentinos. El “Otro” son todos.
Bauman retoma los conceptos de Foucault sobre dominación y poder y llega a la conclusión de que en la modernidad líquida la desintegración de las redes sociales es el objetivo y el resultado del ejercicio de las nuevas técnicas de dominación que se basan en “el descompromiso y el arte de la huida”. La gente, las elites que manejan el poder del que depende el destino de la sociedad, son volátiles, invisibles, inaccesibles. La precariedad de los vínculos humanos es lo que les permite actuar.
Malinowski, para entender a los trobriandeses convivió con ellos adoptando su cultura y extrañándose de la propia. Todorov y Lévinas padecieron en carne propia el desarraigo de su patria y la adopción de una nueva muy diferente.
Tal vez la solución para librarnos de las nuevas formas de dominación sea empezar por dejar los gritos y las cacerolas y, tal como propusieron estos antropólogos, hablar con el “Otro” cara a cara, apelar a aquello que nos es común a todos. Después de todo, el “Otro” no es más que un espejo en el que “Nosotros” mismos nos reflejamos. Ellos también somos Nosotros.

[1] “Los clubes de barrio apuestan al cambio para poder sobrevivir”, Clarín.com, 11 de noviembre de 2003.
[2] “Poder real y poder simbólico”, Pagina/12, 08 de marzo de 2008.
[3] “Los fugitivos de la Justicia electoral”, Pagina/12, 25 de octubre de 2007.
[4] Datos proporcionados por el CESCO.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Facultad de Ciencias de la Incomunicación


“El terror se basa en la incomunicación”
(Rodolfo Walsh, ANCLA)


Otro año se termina, se nos va otro cuatrimestre. Ante todo final, de todo acontecimiento, hecho, período, ciclo de la vida, todos solemos tener tendencias revisionistas: analizar logros, objetivos cumplidos o no, las metas perseguidas. En fin, ojear el camino recorrido y sacar nuestro “balance”. Yo no voy ser la excepción a esta regla.
Como todos los años, los estudiantes hemos asistido al ritual de volantes y arengas que invaden los pasillos y las aulas ante cada comicio por el Centro de Estudiantes de la facultad de Ciencias Sociales (CECSO) de la Universidad de Bs. As. (UBA). En estas elecciones en particular fui testigo y partícipe de ciertas escenas que han llamado poderosamente mi atención:
Tengo la fortuna de haber hecho muy buenos amigos en el corto lapso de dos años dentro de los pasillos de esta universidad. Muchos se conocen entre sí, otros no. Cada grupo tiene sus particularidades. Uno de ellos, el más grande numéricamente hablando, está sumamente politizado: militantes del Partido Obrero (PO), de Izquierda Socialista, de frentes independientes y no agrupados con tendencias que pasan por toda la franja de izquierda hasta incluso llegar a simpatías kirchneristas.
Aún siendo amigos, fue imposible que los nueve integrantes compartiéramos una cena todos juntos durante el desarrollo de las elecciones. Más allá del cariño, las fricciones no pudieron evitarse
Si un grupo de nueve personas que se conocen y estiman no pueden evitar mantenerse incomunicados debido a la política, ¿cómo pretender que el resto del estudiantado no se encuentre frente a una ilógica situación de incomunicación (a pesar de ser futuros licenciados en esta materia) ante las elecciones y todo lo referente a las agrupaciones políticas?
Tampoco pude dejar de poner atención sobre el enorme rechazo que recibieron los militantes de agrupaciones ante “las pasadas por las aulas” (aquella recorrida por los cursos anunciando primicias, plataformas electorales y un popurrí de novedades). Tal vez se deba que al ajetreo que significa el acto electoral también se le sumaron las tensiones y el retraso en el calendario académico producido por la famosa “toma” de la facultad durante el cuatrimestre aún en curso, en pos del reclamo por el edificio único, y que dividió profundamente al estudiantado.
Pero más allá de mis suposiciones y vivencias personales lo cierto es que los números bastan para observar que hay un grave problema de comunicación (o no-comunicación) entre los “estudiantes comunes” y los “estudiantes-militantes”:
En las últimas elecciones obligatorias, en el año 2007, se estima que participaron entre 16 y 20 mil estudiantes de un padrón de 27 mil[1]. Este año, en las elecciones optativas para el CECSO, tan solo participaron 5.284 alumnos[2].
¿Qué es lo que provoca esta situación? ¿A quién echarle la culpa de que militantes y no militantes no puedan entablar un diálogo? ¿A la pésima retórica de las agrupaciones estudiantiles? ¿A la mala predisposición de los estudiantes no politizados? ¿Al contexto social, político y económico que rodea y modela a nuestras generaciones con una visión negativa de todo aquello referente a la palabra “política”?
En el imaginario popular (aún dentro de los claustros universitarios) parece permanecer la creencia de que existe un abismo infranqueable entre un “ellos” y un “nosotros” dentro de la población estudiantil: militantes vs. estudiantes, alumnos politizados vs. “despolitizados”. No podemos atribuirle una causa única a este discurso que circula en nuestra sociedad desde décadas oscuras recientes y que se cuela en las aulas, un discurso que parece afirmar que la actividad de militar automáticamente es excluyente del trabajo y del estudio, que no es compatible con los roles de trabajador y estudiante. Son múltiples y complejos los factores que intervienen en este conflicto, en esta incomunicación, de los cuales sólo puedo enumerar unos pocos:
En primer, lugar cabe mencionar que estamos haciendo referencia a una generación que se ha criado bajo las marcas que ha dejado en sus padres la última dictadura militar; que forma parte de una sociedad donde la palabra “política” se ha convertido en sinónimo de mala palabra, quedando irremediablemente asociada a la corrupción, la estafa, el descrédito de las instituciones (incluida la UBA) y los representantes del pueblo.
A este panorama se suma el rol de los profesores: sociólogos, abogados, antropólogos, historiadores, semiólogos, en fin, intelectuales dedicados al estudio de las ciencias humanas. Intelectuales en tanto que, según A. Gramsci, cumplen la función de educadores no sólo en la transmisión de conocimientos, sino como constructores de la sociedad. Intelectuales que intervienen directamente en nuestra formación política ante la decisión de abordar tal o cual tema desde tal o cual enfoque, pero de los cuales la gran mayoría permanecen indiferentes o (en los peores casos) ponen obstáculos a los escasos espacios de encuentro entre militantes y no militantes, protestando contra toda manifestación explícita de la política universitaria. Contados son los casos de profesores que instan a sus alumnos a interiorizarse sobre los reglamentos, los reclamos, las agrupaciones, que “en definitiva son quienes van a terminar representándolos y tomando muchas decisiones sobre su vida académica futura” (J. Saborido).
Una cuota importantísima de responsabilidad en la no-comunicación sin duda, debemos atribuírsela a las agrupaciones estudiantiles, muchas de las cuales son manejadas por partidos políticos.
El fraccionamiento cada vez más vertiginoso de las mismas, que conduce a su constante desaparición y multiplicación, cambios de nombres, de orientaciones, de convicciones y acciones no ayuda a esclarecer un panorama por demás complejo para quien comienza su trayecto en la carrera. A pesar de los cambios producidos por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación que abren un sin fin de nuevas posibilidades para el intercambio entre estudiantes y agrupaciones, son escasas o inexistentes aquellas que han abierto estas nuevas vías de comunicación. Por el contrario la mayoría permanece aferrado a las viejas técnicas de cooptación de votos. La mayor parte de las agrupaciones también persiste en esquemáticas consignas, polarizadas, arcaicas, que apuntan más a políticas nacionales y con las cuales la mayoría del estudiantado no se siente identificado (“Ni K, ni campo”, “por un gobierno nacional de los trabajadores”, etc.). Todo esto, sin mencionar el acoso desmedido al que someten a los estudiantes durante una semana al año con el único fin de captar su voto. Es decir, poco y nada parece aplicarse de las teorías y prácticas de la comunicación y las herramientas retóricas y argumentativas que nos brinda la carrera.
Finalmente, queda ver cuál es la responsabilidad de los alumnos “despolitizados”.
Si hay algo que nos ha enseñado la carrera desde el primer día es que todo tiene su dialéctica: decir que la sociedad determina individuos despolitizados sería caer en un absurdo reduccionismo. Los individuos modelan a la sociedad tanto como ella interviene sobre los individuos. Y pareciera ser, que en una sociedad donde la política no tiene valor alguno debido a que las cadavéricas instituciones de la democracia parecen no dar soluciones por sí mismas, los alumnos encuentran una perfecta excusa para evitar intervenir y comprometerse con las responsabilidades y derechos que otorga el ser miembro de una Universidad Pública y Gratuita. O tal vez el problema esté justamente en esta idea, que los alumnos despolitizados no se sienten miembros de la UBA si no simples transeúntes en una carrera (o maratón) para obtener un título prestigioso.
En suma, todos los actores intervinientes en este acto de comunicación no concretado que representa la política estudiantil, tienen su importante cuota de responsabilidad.
Tal vez cuando finalmente estudiantes, agrupaciones y docentes comprendamos realmente que el poder no es un objeto inerte que se cede a un gobierno soberano o a una institución, sino que es una relación de fuerzas que atraviesa a la sociedad y a cada individuo, que se ejerce y expresa en las acciones más cotidianas de la vida, y que ante el poder siempre puede haber resistencia, que siempre existe la posibilidad de cambiar esas relaciones, tal vez entendamos que la política esta ahí, entre nosotros. Existe en cada acción o decisión que tomamos y sólo depende de nosotros lo que hagamos con ella. Tal vez entendamos entonces que para poder cambiar las relaciones de poder basta con que nos comuniquemos.


[1]“El kirchnerismo se impuso en las elecciones de Ciencias Sociales de la UBA”, Clarín.com, miércoles 03 de octubre de 2007.
[2] Datos proporcionados por el CECSO.

martes, 25 de noviembre de 2008

”La ciudad y (nos)otros”




Este viaje comienza una noche diferente a todas, una noche en que Buenos Aires y sus alrededores está desierta, es feriado, no queda nadie, la clase media se esfuma por tres días, los porteños invaden las ciudades costeras, el interior, y la metrópolis y sus alrededores queda desierta, o al menos eso parece.
Este viaje comienza una noche diferente a todas, no hay horarios, no hay obligaciones, los relojes no sirven de nada, el celular tampoco (si no queda nadie).
Este viaje comienza para descubrir una Buenos Aires que creo conocer.
Este viaje comienza en una de las zonas más paquetas de la ciudad.

La ciudad “bian” y la otra
Figueroa Alcorta y Jerónimo Salguero: Paseo Alcorta, las mejores marcas, un jean $700, zapatillas para el caniche, el Malba, turistas, acentos de todas partes, de Brasil a Alemania, de China a Estados Unidos, dólares, torres residenciales, espacio público perfectamente planeado y ejecutado, avenida Del Libertador, cuatro por cuatro, Mercedes Benz, Toyota y Alfa Romeo a toda velocidad.
Pero en la parada del 130 soy testigo de una escena que parece fuera de lugar, que no se corresponde con este barrio tan “europeo” (tan primer mundista). Corta el semáforo y un grupo de 4 o 5 chicos (ninguno tiene más de siete u ocho años) se dispone a hacer malabares y otras “gracias”, pasan por delante de los conductores, ninguno baja el vidrio. Vuelve a cambiar el semáforo, los mercedes, las coupe, las cuatro x cuatro arrancan. Los chicos están descalzos. Zapatillas para el caniche. Los chicos meten las narices en una bolsita. Son invisibles, porque si no incomodan, molestan en medio de tanta perfección.

Llega el 130, viajar en colectivo un feriado no es lo mismo que viajar en colectivo. Los coches vienen vacíos, fantasmagóricos, no hay colas interminables, no hay apretujones, empujones, gente enlatada y transpirada, impaciente, no hay frenadas bruscas, no hay trafico que nos demore. Un feriado somos pocos los viajeros, cada uno ocupa un asiento bien lejos de los demás, cada uno va absorto en sus pensamientos, nadie parece estar apurado por llegar a ningún lado.
Avenida Del Libertador derecho. Patio Bulrich, un jean $900. Más mercedes, más edificios paquetes. De pronto el paredón del tren. Estamos cerca de la estación de Retiro, estamos cerca del Sheraton, de las torres de corporaciones internacionales. Intuyo (porque el paredón me impide verla) que estamos todavía más cerca de Villa 31. La villa más codiciada por su ubicación, una de las más antiguas y más conocidas del país ¿Conocida? ¿Cómo puedo conocerla si nunca entré, si no puedo verla? La imagino más allá de las tres vías de los ferrocarriles tal y como me la mostraron los medios, pero desde acá o detrás de una pantalla de TV no puedo sentirla, respirarla, o vivirla, no puedo conocerla.
La villa queda atrás. El centro porteño. Gente durmiendo en las recovas, calles angostas, desérticas, abandonadas hasta el martes por la mañana, persianas bajas, los carros de cartoneros son los únicos que no descansan. Corrientes, emblemática, el Luna Park, el Correo Central, acá hago un trasbordo.


Al Sur

Mientras espero al “blanquito” (como se conoce en zona sur al 159) ramal “L” roja recorro la escena, una escena que se repite siempre que hay terminales de colectivos: puestitos callejeros de comida “al paso”, un chori y una coca $2, boleterías, mugre, hileras de colectivos dormitando en espera de la próxima vuelta. Falta la masa de aves desesperada por unas migajas, falta la masa de gente desesperada por abordar las unidades, claro, es de noche y es feriado.
El “blanquito” parte, es el último, esta noche ya no salen más. En la era de la comunicación, después de la hora 0, el conurbano queda incomunicado.
Comienza el viaje hacia el sur, nuestra próxima estación, algún punto en medio del partido de Quilmes.
La Catedral, el Cabildo, la Plaza de Mayo, la Pirámide, la Rosada se aparecen solemnes, majestuosos, ¿postal de Buenos Aires? Hay más, sus muros guardan celosamente miles de historias desde antes de que este Estado tuviera historia, la historia de todos: un 25 de mayo, revoluciones y contrarrevoluciones, los golpes, un bombardeo, un 17 de octubre, una ronda y pañuelos blancos, marchas y contra marchas, cacerolas, un diciembre de 2001, represión y festejo, alegrías y desgracias ¿Qué más?
El blanquito pasa por La Boca, hace poco estuve por acá. La excusa fue ver una muestra de arte, lo que vi lo definí como un pequeño cambalache del siglo XXI: La Bombonera, los conventillos, el puente nuevo y el viejo, Discépolo, Perón, Evita y Maradona, inmigrantes y extranjeros, pasta, asado y pochoclo, un lugar donde todo se mezcla y se aturden los sentidos. Otra vez el hedor inconfundible del Riachuelo.
Cruzamos el nuevo puente Nicolás Avellaneda, cruzamos. Si Palermo llama la atención por la exuberancia de sus edificios y canteros, por cada vereda cuidadosamente diseñada, Dock Sud sorprende por la carencia, el desorden, la improvisación, calles de tierra (el asfalto es un lujo que solo unas pocas cuadras poseen), casas de chapa, madera y basura. Crucé. Me siento extranjera ¿Soy extranjera en tierras bonaerenses? Al menos mi cara, al oír las referencias de un “lugareño” sobre la parada donde tengo que bajar, debe decir que vengo como “turista”: “cuando agarra La plata, después del descampado es la primera”.
Este es el disparador para una de esas fugaces charlas de colectivo: “que el transporte público es un desastre, que no puede ser que después de las 12 no se encuentre un colectivo, pero que es comprensible con la inseguridad esta muy difícil, hay zonas liberadas, de día es tranquilo, pero de noche hay que tener cuidado por donde se anda, que no anda casi nadie por la calle”.

Quilmes es partido de río (contaminado, igual que todos), cuyo nombre posee múltiples y contradictorios significados: lo hereda de un aguerrido pueblo originario, masacrado por la conquista española. Se lo presta a una cervecería que por más de un siglo representaría la cerveza argentina, hoy brasilera.
Casas humildes, se intercalan con otras aún más humildes y con esqueletos de fábricas que murieron hace más de una década. Un barrio obrero separado de otro por amplios pastizales, interrumpidos a veces por algunos asentamientos.
Finalmente pasamos el descampado de avenida La Plata, mi ocasional compañero de viaje me avisa que es la próxima, nos despedimos.
La Plata y calle 330 bis, llego a mi primer destino en este viaje, la casa de mis parientes quilmeños.
Durante la cena familiar que consistirá nada más ni nada menos que en pizzas amasadas en casa (nada de pre-pizza, nada de delivery’s) surgirán infinidad de temas de conversación (eso sí, con la tele de fondo, igual que en casa) que me darán una idea de lo distinto que es la vida en provincia: Que hace un rato vino La Chola y trajo higos, dice que la higuera está como loca dando frutos; que Tito, el de la vuelta, se pasó con el asado que se mandó hoy en el club; que mañana se termina el torneo barrial de fútbol que se juega en el potrero, etc.
A la mañana siguiente, la luz del día me permitirá encontrar aún más diferencias: veredas anchas, anchísimas, pobladas de chicos que juegan sin preocupación alguna, más que meter un pie en la zanja, el verde crece salvaje por todas partes, todos se saludan, se conocen, me llama la atención, pienso que por casa gracias que saludamos al del departamento de enfrente.
En cierta conversación con algún otro quilmeño saldrá el inevitable comentario de que la mayoría de los porteños somos creídos.
Después de la tradicional mateada matutina, tengo que despedirme, todavía me falta explorar “el norte” y ya faltan pocas horas para que la vida vuelva a su rutina habitual.

Vámonos pa’l norte

Ahora cruzo la capital en sentido inverso, voy hacia zona norte. Paso por Colegiales, Belgrano, la barranca donde terminan los colectivos imita la imagen del Correo.
El 15 cruza General Paz, en seguida agarra Ruta Nacional Nº 9, ambiciosa obra de ingeniería que pretende unir toda América a través de una única autovía, más conocida como La Panamericana. Atravieso las localidades más ricas del conurbano, Martínez, Vicente López, San Isidro y Tigre, siempre Panamericana derecho.
El mito del norte rico y el sur pobre se repite. ¿Existe un norte rico?, ¿o es un norte de contrastes mucho más marcados?
Center Norte y Unicenter, otra vez los mega shopping, las grandes marcas. Torres de oficinas, empresas multinacionales, caballerizas de purasangres. Olor a basura quemada.
A determinada altura del camino el paisaje se volverá más campestre, zonas cada vez menos pobladas, cada vez más extensiones de pastos interrumpidas, igual que en el sur, por asentamientos, la diferencia es que aquí se intercalan con quintas, con barrios privados o countries. La Cava y San Isidro Club. Campos de Golf, canchas de tenis y mortalidad infantil.
Después de muchos countries y muchas villas llegamos al cruce con Ruta 202, esta es la última parada. Bajo del 15, bajo de Panamericana. Podría estar en Quilmes, podría estar en el Correo, pero estoy en Don Torcuato. Es la misma escena otra vez: muchos colectivos vacíos, puestitos de comida, pobreza. Apenas unas cuadras me separan de un barrio de quintas, de casas con piscinas, de garitas de vigilancia en cada esquina. Cuatro por cuatro y “pibes chorros”.
Es en una de estas casas donde nos esperan amigos y familia para disfrutar de un asado de feriado. Las conversaciones del almuerzo también tendrán un amplio repertorio, pero bastante diferente al de la cena en Quilmes: que la política y la inflación, que cómo salió el Hindú Club (el equipo de rugby local), los próximos eventos del barrio, la inseguridad en aumento constante, la movida de la noche por la zona.
El verde acá también crece por todas partes pero en prolijos jardines, los chicos también juegan tranquilos en las veredas, pero altos muros dividen su realidad de la de muchos otros chicos. En zona norte la vida es más tranquila, más pausada, más silenciosa que en capital, igual que en zona sur, pero tienen sabores diferentes. El norte es rico y es pobre, las brechas sociales son enormes.

Fin de la pausa, fin del viaje
Otro fin de semana largo más se va y otra vez se repite la conocida escena de los embotellamientos eternos de aquellos que vuelven de las mini vacaciones, de los viajes relámpagos, de las escapaditas ¿Me pregunto de qué escapan? Inevitablemente, cada vez que disponemos de tres días libres en el almanaque, cientos, o miles de hombres y mujeres que habitan en esta megalópolis que es Buenos Aires y el cordón urbano que la rodea de extremo a extremo, arman los bolsos y se fugan, desesperados hacia la costa, las montañas, la nieve. ¿Le huyen a las presiones, a las responsabilidades? ¿Escapan tal vez del cemento, las interminables torres, el humo, el ruido, los bancos, los horarios, el ritmo siempre acelerado de la vida urbana? ¿O buscan alejarse de la rutina, lo cotidiano, lo de siempre, lo que ya conocen? ¿Conocemos Buenos Aires quienes habitamos en ella?
Nací y me crié en esta (tantas veces llamada) “jungla de cemento”, en veintidós años pocas veces tuve la oportunidad de ir mucho más allá de General Paz, aquella ancha avenida que delimita capital del conurbano. Buenos Aires y sus alrededores no pueden serme desconocidos y sin embargo hoy me sentí ajena a esta ciudad.
Mientras vuelvo a casa (otra vez arriba del 15) se me cruzan muchas preguntas:
¿Hoy hay zonas ricas y zonas pobres perfectamente delimitadas o las fronteras de una y otra desaparecen, se funden? ¿Me sentí más segura en la estación del Correo Central en el corazón de la city porteña que en una bajada de Panamericana o en la Estación de Quilmes? ¿Podemos pasar todos los días frente a la pobreza extrema y la riqueza desmedida, mezclado todo en un mismo “cambalache”: el hambre y la ostentación en una cuadra, y no notarlo?
Recorrí tres mundos, cada uno con sus particularidades, cada uno con sus lugares comunes, que me recuerdan que los tres son parte de una misma Gran Ciudad. Tres mundos que crisis tras crisis fueron abatidos por la pobreza, por la desconfianza y por el miedo que atraviesan de norte a sur la provincia (o el país entero). Las diferencias socioeconómicas resaltan más en algunos lugares que en otros, pero traspasan a toda la sociedad, borrando distritos, localismos, límites políticos, sociales, artificiales o no.
Recordé la primera experiencia en La Boca, hasta entonces un mundo que creía desconocido, y entendí que La Boca no es un mundo aparte, la Boca es todo Buenos Aires condensada en unas pocas cuadras. El territorio bonaerense y la ciudad autónoma, son tierras de colores brillantes y de grises; de puerto y de industria olvidada; de aromas superpuestos; de tango y de cumbia villera; de sonidos y de silencios; de delta y de microcentro; de mito y de verdad; de política y de futbol; de arrabal y de bulevares; de moda y de arte; de lujo y de miseria; de consumo y de carencia; de río y de riacho; de sabores de acá y de allá; de cemento y de barro; de hormigón y de chapa.
Hoy convertí lo familiar en exótico, miré las rutinas, lo cotidiano de la costa rioplatense, con otros ojos, con ojos de extraña y encontré a la Buenos Aires europea y a la Buenos Aires latina, el emporio de lo importado y la capital del cirujeo, todo junto.
En esta pausa del calendario, en este viaje a través de un viejo y conocido lugar, aproveche para ver con otros ojos mi ciudad y sus suburbios, para encontrar algo nuevo en lo de siempre.

viernes, 26 de septiembre de 2008

La Odisea del Sur

Ernesto era el primogénito de una familia de clase media alta. Había nacido y se había criado en la región más austral de la Comarca que se extendía desde el Polo Sur y llegaba más allá de la línea del Ecuador.
El extenso territorio atravesaba los más diversos climas y relieves pero todos sus habitantes compartían una misma historia y una misma lengua (con sus diversas variaciones). Pero solían estar tan ocupados discutiendo entre si por pequeños conflictos cotidianos que solían olvidar este origen común que compartían y ello les imposibilitaba unirse ante los enemigos extranjeros que desde El Norte siempre lograban conquistarlos e imponer a sus dictadores para administrar las regiones de la Comarca, fuera mediante la fuerza bruta o la seducción con espejitos de colores.
Ernesto, a pesar de una importante enfermad, tuvo una infancia feliz, se dedicó desde pequeño a sus estudios y al deporte. Su familia se mudo en reiteradas oportunidades por lo que él desarrollo una gran fascinación por los viajes.
Poco antes de recibirse como médico en la prestigiosa Universidad de su región decidió, junto con un amigo de la infancia, Alberto, emprender un viaje, una aventura, conocer los diversos parajes de esta extensa Comarca que infinidad de veces había recorrido en sus libros.
El viaje se inició unos cuantos kilómetros hacia el sur y luego comenzaron a subir hacia el norte. Habían decidido hacer el recorrido con los mínimos recursos, por lo cual partieron en una moto bastante desvencijada que los terminó por abandonar a mitad de camino. Sin embargo, ambos amigos no se dieron por vencidos y decidieron continuar el viaje a como diera lugar: caminando, a dedo, volando o a nado ellos llegarían al objetivo que se habían fijado.
A lo largo del viaje Ernesto y Alberto conocieron ese continente que tanto habían imaginado e hicieron una infinidad de amistades, pero también conocieron una realidad mucho más dura. Atravesaron pueblos consumidos por una pobreza impensada en continente tan rico en recursos, fueron testigos de las mayores injusticias sociales, vieron el hambre y las enfermedades que arrastraba a la mayor parte de su población a la desesperanza mientras que una pequeña porción de los habitantes de Comarca vivían lujosamente en las grandes ciudades imitando, cada vez más, el estilo de vida de los extranjeros del Norte.
Este primer viaje no duro más que unos pocos meses, pero al volver, Ernesto ya no sería el mismo. Las experiencias vividas lo habían cambiado profundamente. Comenzó a tener una concepción distinta de la realidad, ideales por los cuales luchar.
Poco después de recibirse de médico, decidió emprender un nuevo viaje junto a otro de sus amigos, esta vez llegaría al extremo norte de la Comarca, donde conocería al “Comandante” con quien entablaría una gran amistad y quien lo convencería de emprender una lucha armada para finalmente derribar a los dictadores decretados por El Norte y liberar a la Comarca de la servidumbre impuesta por este.
Organizar las fuerzas necesarias para semejante empresa no fue fácil, llevó años de sacrificio y de una vida clandestina durante la cual Ernesto nunca dejó de ejercer su profesión como médico, atendiendo a los más pobres y necesitados.
Tras varios años de luchas, idas y vueltas, pérdidas y triunfos en el combate, Ernesto, junto al “Comandante” lograron destronar a uno de los dictadores más sanguinarios que gestionaba La Isla de la Comarca.
Para entonces ambos ya se habían vuelto figuras míticas de norte a sur en toda la extensión de estas tierras que ellos pensaban liberar. Tanto se hablaba de ellos que habían dividido la opinión pública en dos: eran deidades que venían a salvar a la Comarca de la opresión, o dos demonios capaces las mayores crueldades jamás imaginadas, según de que lado se los viera.
Por un tiempo Ernesto se dedicó a administrar la economía de la Isla una vez instaurada la Revolución, pero luego de la gran victoria obtenida allí, quería llevar la lucha más allá del mar, por lo que comenzó su descenso por el continente con el objetivo de liberar nuevos territorios.
Durante años continuó su causa internado en las más profundas, selvas en pleno corazón de la Comarca. Pero finalmente, sus enemigos (los extranjeros del norte en complicidad con los falsos gobiernos de la región) le dieron muerte tras una cruel emboscada.
Entorno a su asesinato mucho se habló, se crearon mitos y leyendas, se continúo narrando esta historia durante décadas.
Sus enemigos lo siguieron convirtiendo en un ser maligno y abominable, aquellos que se decían sus seguidores encontraron la manera de sacar provecho sobre la leyenda que se había creado a su alrededor vendiendo todo aquello que estuviera relacionado a su historia.
Aquellos ideales que Ernesto quiso transmitir, las enseñanzas que quiso dejar pronto fueron distorsionadas o relegadas: Los habitantes de la Comarca pronto volvieron a olvidar aquello de que las fronteras en su interior eran falsas divisiones, de que todos compartían una historia de opresión y sometimiento de mas de cinco siglos, que pertenecían a una misma raza: la humana, y que como tales se debían respeto y solidaridad mutua. Los pobres volvieron a ser desahuciados, los ricos pronto volvieron a ocuparse de seguir el último grito de la moda que venia del Norte.
Incluso el Comandante que continuó gobernando la Isla por décadas tampoco logró llevar adelante el proyecto que había armado junto a Ernesto….
Esa fue la triste historia de uno de los tantos héroes que dio a luz esta inmensa, rica y pobre Comarca que es Latinoamérica.

Un Cambalache de sensaciones


Diez y media de la mañana del sábado 4 de mayo de 2008, comienza un nuevo viaje.
Apenas serán poco más de 13 kilómetros la distancia que recorreremos pero será un viaje mucho más largo, hacia un pequeño sub-mundo hasta ahora desconocido para mí.
Con las chicas quedamos que yo subiría al 64 en el que ellas venían desde Estación Belgrano cuando este pasara por Pacifico. Sincronización perfecta. Así nos encontramos ya en viaje hacia el sur de la capital.
A las 12 en punto del mediodía desembarcamos en La Boca.
Nos recibió el viejo puente trasbordador Nicolás Avellaneda que conecta el barrio porteño con la “Isla Maciel”, parte de Dock Sud en Avellaneda. No puedo dejar de tener una sensación contradictoria al verlo: Hace casi un siglo fue sinónimo de progreso, de industria. Hoy es tan solo una vieja estructura metálica abandonada que remite a la pobreza y la marginalidad, eternamente asociados a la “isla”. Este tal vez sea un anticipo de aquello que me contará el barrio.
¿Como definirlo? La Boca no entra en clasificaciones, no hay categorías para encasillarlo. Tan solo en dos calles los cinco sentidos se abruman.
Entre Caminito y Magallanes escuchamos tango, tango electrónico, rock nacional, música clásica y batucada; acentos mexicanos, venezolanos, paraguayos, idiomas de oriente, ingles, italiano y francés; aplausos, invitaciones a probar todo tipo de manjares: picadas del campo pampeano, asado bien criollo, milanesas a caballo, pizza, pocohoclo y manzana acaramelada. Sentimos sus aromas mezclados con sahumerios, esencias y el Riachuelo, irremediablemente putrefacto.
Los colores inundan la vista: los viejos conventillos resaltan en amarillos y azules chillones, en rojos y verdes intensos. Madera, chapas y adoquines atravesados por antiguas vías de tranvías nos transportan a otra época.
Dobles y estatuas de Maradona se intercalan con otras de Perón y Evita.
Entre museos, ferias y shows llegamos a Magallanes 890.

El Conventillo Verde
Este es una vieja casucha, al igual que todas las demás, construida con chapas y maderas en 1863, cuyo nombre delata el color de la fachada. Tal vez en aquel entonces fue el hogar de varias familias inmigrantes, hoy alberga las obras de muchos jóvenes artistas. Autodidactas la mayoría, de pocos recursos y mucho ingenio, logran exhibir sus obras en este espacio que fue acondicionado para tal fin en el año 2001.
El interior se divide en tres ambientes ocupados cada uno por artistas diferentes, de los más variados estilos.
La decoración, más sencilla imposible: Paredes y techos blancos, ventanitas con cortinas del mismo color. Los pisos, un entablonado de madera que parece va a desplomarse bajo nuestro peso en cualquier momento. Predomina el reciclado y la artesanía: Un par de mesitas cuyas bases son soportes de antiguas maquinas de cocer, sillas de lo mas dispares, re tapizadas, re esmaltadas, dos arcaicos bafles que emanan música renacentista (según anuncia el locutor) y un trípode convertido en mesita para colocar el libro de visitas, un espejo viejo y un mostrador, un calefactor desvencijado y dos plantas conforman todo el mobiliario. Se ven distribuidos recipientes con agua por todo la casa, de diferentes formas y tamaños, la anfitriona nos cuenta que es para armonizar, “el agua, igual que el cuerpo humano, es el elemento más absorbente” argumenta.
Comenzamos por recorrer la muestra de Celia Güichal, Licenciada en comunicación y profesora de taller de expresión en la UBA y en la UNQUI, además de escritora y artista. El titulo de la muestra, “Paisaje interno, Paisaje externo” no podía ser más propio para representarla. Entre la veintena de cuadros expuestos podía sentirse la presencia del norte argentino, una realidad, conflictos externos, pero a la vez todas eran imágenes oníricas que podían narrar muchos de los pensamientos y deseos de la autora.
Dos obras que captaron mi atención podría ubicárselas como parte de una misma serie:
“Pachamama” (acrílico sobre tela, 40 x 60) y “Matriz” (no se especifica ni técnica ni medidas). En ambas obras la escena es dominada por una semiesfera de azul profundo, oscuro. De su interior, de un hueco en su centro, surge una figura amorfa, de rojos, naranjas y amarillos furiosos, evoca un tejido muscular, un órgano, el órgano de la gestación, la matriz. Ambas obras parecen ser una metáfora perfecta de la fecundidad, la creación de vida, la maternidad, la mujer, la madre tierra. Cada una representa un momento diferente en este proceso de creación de vida: “Pachamama”, es el momento de la fecundación, cientos de cabezas blancas con colas se dirigen hacia ese hueco en el centro de la madre tierra, hacia esa matriz. En “Matriz”, de esa figura roja, amorfa, alusiva a un útero, pende un punto que irradia brillo, un cigoto, una nueva célula, una nueva vida.
En la muestra hay un tercer cuadro referente al mismo tema, compuesto en la misma gama de colores se distingue en el una figura femenina. El mismo se titula “la cuida vida”.
Continuamos el recorrido por la muestra de otros artistas, algunos pintaban motivos característicos de la boca: el tango, el puerto, los buques, los conventillos. Otros se abocaban a la representación de la figura humana de forma abstracta, jugando con diferentes materiales, texturas y tonos brillantes.
Antes de abandonar la exposición me tope con una obra que me resulto interesante por lo transgresora. Si bien se ha vuelto una moda de varios best-sellers de la narración, hablar sobre la feminidad en la religión católica, era la primera vez que tropezaba con una creación visual que hablaba de un elemento central del Cristianismo en versión femenina. La obra, de Pablo Distefano (autodidacta), consistía en un sin fin de piecitas metálicas recicladas (tornillos, resortes, tuercas) aglutinadas y esmaltadas en marrón que daban forma a un Crucifijo. Pero lo peculiar de este crucifijo era que el Cristo en él representado poseía una cintura y caderas bien marcadas, y en el medio de su pecho se distinguían, perfectamente formados, un par de senos.
Sin lugar a dudas uno no puede irse del Conventillo Verde sin haber experimentado las más variadas emociones transmitidas por este arte tan diferente de aquel que acostumbramos a ver en los grandes y lujosos museos.

A la Vuelta
Salimos de la muestra y decidimos que la Boca tenía aún más para cotarnos, recorrimos sus calles, sus ferias, entramos a tiendas, probamos las delicias que ofrecían los bodegones, escuchamos y pedimos tangos nostálgicos, el ultimo fue “Cambalache”.
Tal vez esta sea la palabra más apropiada para describir a este barrio lleno de historia. Alguna vez barrio humilde, barrio de puerto y de inmigrantes desarraigados que buscaban echar raíces, de gente que corría por las calles atareada. Hoy barrio de recuerdos, que sigue lleno de extranjeros que también corren, pero esta vez para poder conocer un país nuevo en dos semanas de vacaciones.
Ya empieza a caer la tarde, el frió se empieza a sentir y emprendemos el regreso a casa. El puente ahora nos despide. Sigue ahí, sus hierros oxidados guardan más de nueve décadas de historia, que no duda en compartir con aquellos que quieran oírla, verla, degustarla, respirarla y sentirla.
En la Boca todo se mezcla, todo aparece indiferenciado: lo nuevo, lo viejo y lo reciclado, lo caro y lo barato, lo elegante y lo sucio, el arte y la frialdad, lo trágico y lo cómico, lo típico y lo exótico.
“Igual que en la vidriera irrespetuosade los cambalachesse ha mezclao la vida,y herida por un sable sin remachesves llorar la Bibliacontra un calefón”

Una película, un Festival y un Paro



El reloj marcaba las 15:35 y mientras el colectivo avanzaba por Avenida Corrientes las últimas cuadras que me separaban del Centro Cultural Ricardo Rojas a paso de hombre, yo pensaba en que llegaba tarde a la función gratuita que ofrecía el Bafici en dicho centro.
Algo que me llamaba poderosamente la atención era la gran publicidad que había tenido este año en los medios el Festival de Cine Independiente que ofrece la Ciudad de Buenos Aires desde hace ya 10 años. Pero esta edición especialmente se había hecho notar: afiches empapelando la ciudad, espacios publicitarios en programas de horario central en la televisión abierta, noticieros, los grandes diarios. Todos habían hablado del BAFICI, la incorporación de nuevas sedes al circuito, las películas, los directores, todo el BAFICI estaba en la agenda mediática.
Este miércoles 16, en el Rojas, estaba programada la exhibición de “Garras de Oro”, apenas una restauración de una película colombiana de 1926, que hace una fuerte crítica a la actuación de Estados Unidos sobre la separación de Panamá del territorio Colombiano.Increíblemente, al menos unos 50 minutos de cinta sobrevivieron a la censura y a todo el violento siglo XX.
Grande fue mi sorpresa al llegar a la puerta y encontrarme con varios carteles que anunciaban que ese día (y el siguiente) no se exhibirían películas, debido a que el personal del Centro se encontraba de paro. La sorpresa no fue solo mía ya que un grupo de más de 20 personas de variadas edades observaban los anuncios tan asombrados como yo y golpeaban la puerta en busca de explicaciones.
Muy pronto tuvo que asomarse uno de los empleados, un muchacho de unos veinte y tantos años, morocho y de barba, a explicar que el centro permanecería cerrado debido a la medida de fuerza que se veían obligados a tomar.
Logré escabullirme entre la gente y llegar junto al muchacho, le explico por qué estoy ahí, que si puedo entrevistar a alguien. Que espere un momento. La puerta se cierra.
“¿Pero, es paro docente?”, pregunta una señora, “No, no-docente”, por atrás se escucha la voz de un hombre mayor que indaga: “¿Pero si es docente, las películas qué tienen que ver?”. “No hay quien las proyecte, es personal no-docente el que para”. “Y las clases de Jazz, ¿por qué no podemos entrar?” Nadie entiende nada y en la entrada continúa la confusión.
La puerta se vuelve a abrir. Que pase, que alguien va a bajar a hablar, que ya vino otro de mis compañeros por lo mismo. Que espere otra vez.
Entro en un salón no muy amplio, despojado, donde hay una barra de bar, mesitas para sentarse, una escalera de metal que no inspira confianza lleva a un entrepiso donde hay más mesitas, un mostrador de recepción, el ascensor que dice que solo se pueden subir tres personas, un pasillo que no sé adonde va y más carteles que anuncian la paralización de las actividades, denuncian trabajo en negro, increpan al rector de la UBA.
Detrás de la barra hay tres empleados jóvenes charlando, en el mostrador un hombre y una mujer de edades más avanzadas. Intento formular algunas preguntas a alguno de ellos. Se niegan, ninguno va a hablar hasta que no baje el delegado.
Finalmente aparece por detrás del vano que sigue al ascensor. Es un hombre de estatura mediana, corpulento, moreno, pelo corto, usa lentes y viste ropa oscura y en toda la entrevista nunca sacará sus manos de los bolsillos. Se presenta como “Chelo (no me dice su nombre), delegado de la comisión gremial”.
Lo pongo al tanto de los motivos que me habían acercado hasta allí y que la noticia del paro me resulta muy interesante para realizar mi trabajo y él acepta informarme acerca de la situación.
Según “Chelo”, en el Centro Cultural se encuentran trabajando nueve compañeros en negro, que entraron como “contratados” y cuya incorporación a planta permanente se viene postergando por casi un año, además se les debe el sueldo de Marzo y Abril. Ante esta situación y luego de reiteradas asambleas y negociaciones entre APUBA y el Rectorado de la UBA, comenzaron las medidas de fuerza. El primer paro convocado este año fue realizado el viernes pasado y al continuar sin respuestas favorables se retomaron este miércoles 16 y jueves 17, los cuales coinciden con las fechas previstas para la exhibición de películas del BAFICI.
El delegado, de expresión inmutable, también me aclara que este es un paro avalado por el Ministerio de Trabajo porque es un reclamo justo, dice que quienes asisten al centro los han acusado de tomar el edificio “y hasta tuvo que venir un patrullero”.
“Chelo” insiste en que “esto no es contra el Festival, lamentablemente el reclamo se le superpone, pero tal vez así tenga otra repercusión”. Advierte además sobre la posibilidad de un paro indeterminado a partir del lunes próximo si continúan sin solución positiva a sus demandas.
La conversación, a esta altura, se desvía y pasa por la situación de la UBA, el presupuesto, los docentes “ad honorem”, los aranceles que convierten al Rojas en un centro semi-público o semi-privado, según desde qué ángulo se lo mire.
Se hace tarde y tengo que partir, agradezco la charla y me voy con la extraña sensación de que no vi la película política que viene a ver, pero terminé participando de una película política más cotidiana y más cercana a mí, tan cercana que ya casi estoy acostumbrada. Paros docentes, no docentes, de alumnos, de padres, activos pasivos, con clase a la calle o en el aula vivimos todos los días en la Universidad Pública, ¿fue el paro a puertas cerradas mi sorpresa realmente?
Afuera continúa la gente alborotada. A pocos metros, el Cine Cosmos (otro emblema de la calle Corrientes), que también es sede del Festival de Cine Independiente, continúa con la programación prevista normalmente, solo se anuncia un cambio de película a las 21:00 hs.